Bajada

Bajada
Testimonios verdaderos de una mala vida...

miércoles, 16 de marzo de 2011

CONFIESA SATAN

"El día que descubrí que no moriría por causas naturales, decidí que debería ser de otra forma.
De una manera salvaje, tal como me había tocado vivir. En medio de la violencia de mi niñez y adolescencia o en un cambio de disparos con los guerrillos siendo paramilitar, en manos de un policía o un guardaespaldas como sicario. O a los golpes en un callejón por un grupo de narcos o drogadictos.
No tengo memoria de otra vida, nada me completa, porque todo es un remiendo.
Y no tengo recuerdos bonitos de mi historia, todos los dejo simplemente al azar de lo que me toca, y hasta hoy me toca una cosa fría sin aliento, sin dudas estoy condenada desde el día que me encontré a mi misma llorando en un rincón de la iglesia cuando no quería casarme.
Como también estoy necesitando de alguna manera, encontrar el espacio para mi silencio. Yo que he silenciado tantas vidas no puedo dejar de escuchar dentro de mi cabeza, esa terrible voz que me impulsa a arrojarme a mis más oscuros abismos.
No mato porque eso me haya sido dado en la vida como un mandato. Mato por placer de no verme en una forma completa, compleja, definitivamente mi forma de decirle no a la vida es acabando con otras porque no puedo con la mía.
Si no basta como una verdad que sea solamente un sentir.
El sentir de una mujer que no se puede completar: que no puede verse a sí misma de la manera que la ven los otros".
C.L.S.


sábado, 12 de marzo de 2011

COSAS DE MUJERES

Una choza en medio de la selva.
Crepúsculo.
El perímetro de la precaria casucha está rodeado de matorrales, una cabra atada, algunos árboles bajos y varios casquillos de proyectiles que reflejan el dorado del sol que se oculta.
En una de las ventanas  una mujer está fumando un cigarro armado de hoja de tabaco. Lanza el humo hacia arriba como una señal de fastidio o cansancio.
Fuera  hay varios cadáveres desparramados vestidos con sus uniformes camuflados o simplemente con una remera, jeans y zapatillas rotosas. Algunos miran al cielo, otros están en poses grotescas, como si el disparo que los derribó hubiera arrancado un mecanismo de postura y dignidad.
La mujer mira a través del humo de su cigarro. Gira la cabeza hacia el interior de la choza. Hay otras cinco mujeres con ropas de combate, algunas en camiseta. Unas sentadas en el suelo de tierra, otras acostadas de lado, en posición fetal. No duermen, simplemente se acunan.
Una de las de adentro dice:
“Ya no tenemos nada para comer, ni agua, ni una misma mierda… ya pasaron dos días y el Comandante no vuelve con provisiones.”
Un escuadrón de mujeres que ocupó una posición. Mujeres que salieron de sus casas a luchar por algún ideal o por alguna paga para escapar de la más miserable miseria. Hembras, madres, amas de casa en otra época tan remota como otra vida, añoran lo que añora cualquier guerrero: la vuelta al hogar, un baño, una ducha, un poco de sueño en una cama y un abrazo de sus hijos.
Además de su fiereza en el combate, viven con sus temas femeninos. Mujeres  que están en medio de una situación de chongos, pero “No meamos de parado, una desgracia pa’ la guerra”.
Ahora las atenazan el hambre y la sed.
El pueblo ya es una zona liberada, o el trabajo de dispersión de los guerrilleros ya fue hecho. Los habitantes del pueblo, compuesto por ocho chozas como ésas y algunos pequeños corrales, ya no están allí. Se fueron cuando comenzó el hostigamiento.
Candela es la líder del grupo.  Está apoyada contra un catre mugriento, la cabeza echada hacia atrás, arqueada, apoyándose  en un colchón de paja.  Los ojos cerrados hacia el techo también de paja. “Tenemos que salir de recorrida hasta un camino” murmura. “Necesitamos provisiones, no sabemos cuánto puede demorar esto”
“Sí, Satán, ya no doy más” dice otra desde el suelo. “Mis tripas están en concierto hace dos días.”
“Vamos a ponernos en marcha al amanecer, a buscar algo, si no nos mató la bala con nuestro nombre, no nos vamos a morir de hambre”, comenta una desde el piso de tierra.
“Las balas no tiene nombre, tienen plomo”, dice la de la ventana mientras sigue fumando.
Anochece y los mosquitos y zancudos aparecen en sus oídos, brazos y piernas.
“Mierda y yo con la regla parece que los atraigo más a los putos bichos”, dice otra desde el suelo.
“Jaja. Son moscos vampiros.”
“Rosalina hace la guardia en el primer turno, después nos rotamos, al amanecer salimos a buscar”.
“Sí Candela. Duerman ustedes si pueden”.
La noche dura una eternidad y ninguna duerme absolutamente. Todas sueñan, los ojos entrecerrados, con el final de ese momento. Con el amanecer. Con un vaso de agua fresca.
El sol sale demora en trepar los morros y los árboles altos de la selva, pero ya están todas paradas, ajustando correas y cinturones. Asegurando sus armas, moviéndose hacia afuera.
“Vamos a caminar hasta el camino secundario, si no pasa ningún camión de suministros, nos asomamos a la ruta”.
“La ruta es siempre mala idea”, dice La Satán. “A los costados siempre están ELLOS, esperando para la Pesca Milagrosa”.
Caminan en fila, no alineadas, sino con un arco de apertura, el que les permite el sendero de salida del poblado. Caminan hasta que el sol está alto y quema sus cabezas cubiertas de gorritas verdes. Arde en sus hombros y espaldas. Y seca más sus bocas.
Cerca del mediodía están apostadas en los laterales del camino secundario, entre los arbustos. Esperan.
“Hay dos formas de sobrevivir- piensa La Satán- de pura suerte o sabiendo esperar”.
Una hora después sienten el ronroneo de un motor de gasoil. Un camión destartalado da saltos entre los pozos del camino, esquiva algunos, o va buscando algún lugar sin ellos.
Dos mujeres se paran frente al camión pequeño. Hacen dos disparos al aire, se suben los pañuelos del cuello para tapar sus rostros.
“Alto”. “Detenga la marcha y baje del carro”.
El conductor es un hombre sin edad, un rostro casi indígena, de pelos blancos rociados de polvo del viaje. Camisa roja desteñida, mojada en el pecho y los sobacos.
“Confiscamos la carga en nombre de las Fuerzas Paramilitares”.
“Mire Jefa, no sé ni lo que hay, llevo unas cajas escritas en un idioma raro, quizás sean comestibles o pueden ser balas, no tengo idea”
Dos mujeres están ya subidas en la parte de atrás del camión, apartan las lonas con los fusiles, el silencio del mediodía invade el momento.
Hay pilas de cajas amarradas, con sogas entre ellas. Es cierto lo que dice el hombrecito. Las cajas tienen inscripciones en lengua rara: Красный
 “Oiga Satán ¿Qué vaina es esto?”
“Abra una caja Ofelia, con el cuchillo. Con cuidado, no vaya a ser cosa que volemos todas”.
La mujer en la caja del camión corta los precintos y abre las tapas de la caja. Dentro hay frascos pequeños de vidrio con tapas metálicas. Contienen una especie de puré o mermelada.
“Oiga, parece que es alguna cosa para comer, tiene un dibujo de una rodaja de pan en la etiqueta”
“Arrójeme una Ofelia”
Candela La Satán abre el pequeño frasco. Lo huele. Le mete un dedo.
“Pescado, es pescado, mierda de puré de pescado”
Se chupa el dedo. Salado y suave como pequeñas burbujas que se deshacen en su boca.
Se vuelve al chofer.
“Trae algo más. Algo para tomar. Agua. Refresco. O lo que sea…”
El chofer le indica cuatro cajas de cartón que están en el extremo de la carga. Son cuatro cajas que dicen también palabras en idioma desconocido.
La Satán grita:
“Bajen las cuatro cajas con bebidas y una caja por persona del pescado.”
Vuelven caminando con la carga, con más dudas que solución en su desesperación por comer.
Llegan a la choza a media tarde. Y comienzan a comer de los frasquitos, de ese suave y raro contenido, con sabor a mar y no.
Abren una de las cajas de la bebida llamada Pommery Brut Mellésimé.
Y así, entre el asco de comer eso raro con forma de pequeñas huevas, y beber una bebida espumosa y caliente que en seguida les duerme la cabeza y les afloja la risa, descubren el caviar ruso y el champagne francés.
El asco que les provoca es proporcional al hambre voraz que sienten.
Por la noche varias se sienten enfermas o vomitan.
No saben que han comido uno de los manjares más caros del mundo, que sin las condiciones óptimas de frío se convierte en algo asqueroso.
Seguro que era un cargamento para un narco pretencioso en la selva. Seguro que les salva de la sed y de la hambruna.
Mientras se tapan los estómagos con eso, no dejan de desear con nostalgia una bandeja paisa.


EL CHUNGO LOVER BOY

“Se trata solamente de ser fiel a la regla del combate. Este pensamiento puede bastar para sostener  a un espíritu: ha sostenido y sostiene civilizaciones enteras. No se niega la guerra. Hay que morir o vivir de ella.” (Camus).
Caminando el poblado reciben saludos de los lugareños.  No son los americanos liberando Paris. Son un puñado de paramilitares haciendo escaramuzas en una selva voraz y caribeña.
El escuadrón había logrado desalojar a un grupo guerrillero de Malicabo, un caserío de agricultores que eran rehenes, servidumbre y proveedores de aquel grupo armado. Los paramilitares ahora patrullan sus callecitas con los fusiles al hombro o algunos expectantes, esperando instrucciones y deseando que dure poco la ocupación para volver a la ciudad, a sus vidas. Aunque sea por un rato. Aunque sus vidas ya están tan sesgadas entre el combate y la ausencia, que no podrían establecer exactamente cuál de las dos es “su” vida.
Candela La Satán y el Oldori entran en un bar con pretensiones de comedero y alojamiento de tres cuartos en el fondo. Se acercan al mostrador donde hay una capa negra verdosa de moscas apoyadas sobre los diferentes pegotes. Una mujer anciana atiende el lugar. Tiene todos sus dientes blancos, y recoge su cabello plateado con una cinta roja en una larga coleta de caballo.
- Pónganos dos limonadas con doña por favor…
- Claro oficiales, a la orden.
- No somos oficiales, somos del escuadrón AUC.
- Para mí son oficiales, generales, capitanes… si sacaron a los guerrillos de acá, son la ley.
- Como quiera doña. Dice el Oldori zanjando la charla.
La mujer les acerca los vasos transpirados y los dos beben con placer.
- Oiga generala… ¿Escuchó hablar en el pueblo del Chungo?
- No - dice Candela.
- Qué es el Chungo - pregunta el Oldori.
- El Chungo es degenerado que se aprovecha de que somos más mujeres que hombres en  Malicabo.  Nuestros compañeros o murieron en manos de la guerrilla o se los llevaron a trabajar las tierras. La cuestión que es un pueblo pura mujer nomás.
- Ajá - dice el Odori - ¿Y todas chicas como usted?
- ¡Ya no sea pendejo negro marica! ¡Déjela terminar de hablar Oldori!

La anciana pasa un trapo más sucio que el mismo mostrador, mientras medita la respuesta a ese insulto, si es que fue un insulto.
- Coronel, yo no sé si serán todas jóvenes y mulatas como le gustan a usted. Pero somos mujeres y este puto se aprovecha de nuestras necesidades.
- ¿Haciendo qué? - pregunta La Satán, mientras le clava una patada de costado al tobillo del Oldori que está por abrir la boca nuevamente.
- Nos da sexo a las que le pagamos. No sólo teníamos que entregarle  a los guerrillos la comida, cosecha y animales, sino a éste el poco dinero que juntábamos pa’ que nos dé un poco de su cuerpo.
- ¿El Chungo les sacudía la tierra, telarañas  y los alacranes a todas? -dice el Oldori seriamente.
- NO negro soldado comandante: solamente a las viudas y mujeres un poquito grandes como yo.
- Menudo jodeputa mamón… encontró la forma de vivir de la miseria en medio de la nada. Entre la desesperación y la tristeza de este lugar olvidado por Dios, el marica se el pasa bien con la necesidad ustedes. - dice La Satán con el ceño fruncido- ¿Dónde lo encuentro al Chungo?
La mujer les indica desde la puerta del bar, tres cuadras de casas de adobe. Les explica que el Chungo tiene la puerta pintada de azul muy fuerte, y que tiene un llamador que nadie necesita porque las puertas están siempre abiertas para refrescar el bochorno de la siesta  y que entre la fresca de la noche. Es innecesario básicamente  porque nadie golpea una puerta con ese coso de bronce.
Caminan los dos por la calle polvorienta, el gigante y la pequeña guerrera viendo sus sombras aplastadas por la canícula.
- Qué piensa comandante?
- Nada.
- ¿Pero qué le vamos a hacer al Chungo? Pa mi está legal el huevón…
- Cállese Oldori, le vamos a pedir trabajo social. Seguro que algo de la lana que le sacaba a las viejas se las daba a los guerrillos.  Le hacemos que devuelva con trabajo social.
El Oldori empuja la puerta de un manotazo, hay un pasillo que desemboca en un patio de adobe, el pasillo tiene dos puertas una a cada lado.

- Chungo! Vocifera La Satán.
Una de las puertas se abre, y aparece un hombre de unos treinta años, rubio ceniza es su pelo, con barba crecida, gordo y muy sucio.
- Quí hay negra…no estoy trabajando…aunque a vos te lo hago de gratis nomás.
La Satán le da un revés con la mano cerrada en la oreja izquierda. Le zumban al Chungo un millar de abejas en el centro del oído.
- Oldori, busque un baño, o un charco, lo tira y hasta que no deje de apestar no me lo trae.
Cuando lo tenga limpio y cambiado, me lo trae. Yo me ocupo de avisar que hoy hay Lover Boy pa todas las chicas del poblado.
Oldori lo agarra de los pelos con una mano, con la otra le atenaza el cuello y se lo lleva hacia afuera.
- Más vale que tengas jabón y te bañes solito marica, porque te arranco los huevos.



REDENCIÓN DE LA SATAN

La idea de redención flota en el alma cristiana de La Satán. Piensa y se dice que una inmolación o una desaparición serían un acto de fe para con las pocas personas que le demostraron verdadero y desinteresado amor: Armando y sus hijos, que la recibieron en otro país. Le brindaron una nueva identidad, un trabajo, y una familia que no la cuestionaba ni juzgaba. La aceptaban, con su pasado y su presente, lleno historias de combate, y de crímenes.
La Satán piensa en su redención a través de este acto. No piensa que no merezca el infierno, pero siente algún alivio en la condena Divina.
Simetrías de la vida, para Armando su amor es una misión: sacarla de esos lugares y situaciones que hacen que ella se vea horrenda, inmunda y con un corazón oscuro. Armando busca también su propia redención, a través de este rescate.
Son dos seres que se encuentran en la vida a través de un designio que los supera, se eleva por sobre sus propios hermetismos y durezas.
Para Armando la vida era una lucha constante desde sus épocas de estudiante, militante político, enemigo de la violencia, aunque siempre apasionado. Había visto suficiente horror con sus propios ojos. La vida de Armando también había tomado un curso de dureza exterior, por infelicidad o porque la contabilidad no daba más que para eso. Sentía que en el amor hacia La Satán había un acto de reparación con su propia vida y sus propios errores.
Dos mundos diferentes se acercan, más allá de la religiosidad y catolicismo de  La Satán y el agnosticismo de Armando, los dos se perciben como dignos de este acto superior.
Unamuno comparaba la condición humana con la de “cangrejos encerrados en dura costra”: con la carne adentro y el hueso afuera.
“Vas a libertar a tu hermano porque siente que hace él esfuerzos por libertarse, o porque te llegan sus quejas, y las quejas son deseo de verse libre, y el deseo de verse libre es principio de libertarse; y cuando él siente que empiezas a querer libertarle, redobla sus esfuerzos por hacerse libre, y redoblas tú los tuyos. Le oyes arañar el muro de su prisión, y empiezas a golpear en él desde afuera, y cuando oye tus golpes, golpea él, y tu arrecias y él arrecia, y vais, él desde adentro, y tú desde afuera, trabajando en una misma obra. Y es lo más consolador, que mientras golpeas en su costra, como lo haces con la tuya, tanto trabajas por romper la de él como por romper la tuya propia, y él a su vez , mientras golpea en la suya , da golpes en la tuya. Y así toda redención es mutua. “



viernes, 11 de marzo de 2011

LA SATAN EN BUENOS AIRES

La noche se instaló en el barrio porteño de San Telmo. Cayó fría y contundente como son los inviernos de Buenos Aires.
En un edificio, al abrigo del frío que sopla en las calles, un departamento cobija a Dorys y Armando.
Ella había llegado por primera vez en su vida a la Argentina y él la esperaba ansioso con esa tensión propia del ardor del primer encuentro íntimo, de la primera noche o tarde o mañana de sexo con ese otro cuerpo, que hasta ese entonces era solamente un objeto de deseo. Todo era por primera vez.
Habían pasado el día entero en la cama, recorriéndose, explorándose, en una verificación  que aquella vez en otro país muy lejos de allí los había dejado sólo con un beso en los labios y un abrazo apretado.
Toda la pulsión animal se había soltado, los sudores y los sabores habían correspondido a los de la imaginación individual que se fundió en una sola.
Las leyes del deseo satisfecho se habían cumplido, el encastre de las piezas humanas funcionaba con esa meticulosidad de reloj o de biomecanismo perfecto.
Armando recorría sus curvas con deleite, ella se arqueaba con placer en cada contacto, los gemidos y los susurros eran parte del aire que los envolvía y de la calefacción que los aislaba del gélido clima del afuera.
Habían pasado solamente dos meses o justamente dos meses, y hoy estaban juntos.
Se bañaron, se vistieron y decidieron salir a cenar a un restaurante de Palermo, Armando quería que su morena viera la ciudad y seguir agasajándola con una cena romántica.
Ella iba en el taxi mirando con los ojos color miel muy abiertos, devorando el paisaje desconocido, sonriendo por cada avenida o cada cartel gigante que los iluminaba.
Él le pasaba el brazo sobre los hombros y la apretaba contra su pecho. Sonreía satisfecho y orgulloso, se sentía fundido en un fuego especial en una forma que no había vivido en mucho tiempo.
Cuando llegaron al restaurante bajaron apretados esquivando las ráfagas de viento helado. Un guardia de seguridad les abrió la puerta y una señorita de falda y chaqueta negra los acompañó hasta su mesa.
Cenaron abundantemente, ella disfrutaba la terneza de la carne argentina y los diferentes sabores y texturas de los acompañamientos.
Tomaron vino tinto y con el postre champagne, hablaban en voz baja, de fondo sonaba música flamenca, el tiempo se detenía constantemente en sus miradas, como aquella primera mirada en el Metro.
De repente algo se quebró en el ambiente. Fue una ruptura violenta de la que Dorys no conocía pero La Satán sabía reconocer en el movimiento de las personas.
Su mirada cambió. Su cuerpo se crispó, y miró hacia la puerta por donde entraban dos hombres, uno de ellos empujaba al guardia de seguridad y el otro tenía un arma en la mano.
Los gritos de los dos hombres acallaron las conversaciones y sólo quedó la música flamenca que daba la sensación de sonar mucho más fuerte.
Los asaltantes pasaban por las mesas retirando celulares, carteras,  billeteras y arrancaban algunos aros y collares de las mujeres.
Nadie se movía, todos respondían como autómatas a la entrega de sus posesiones.
La Satán miró la mesa y sólo quedaban los cubiertos del postre, su mano se cerró firme sobre un tenedor con restos de tarta de frambuesa.
Armando ya había dejado su billetera y su celular sobre el mantel blanco. Le dijo:
-Tranquila, no hagás nada y todo sale bien.
Ella no lo miraba, tenía los ojos puestos en el hombre del arma que se acercaba vociferando:
-Entregá todo veterano. ¿Vos qué mirás negrita? Si el que garpa es él…
Candela se levantó de un salto, y le clavó el tenedor en la garganta. El hombre era mucho más alto que su metro cincuenta y cinco, pero quedó petrificado con el tenedor hundido sobre la nuez.
Cayó al suelo soltando mucha sangre y a los pocos segundos se quedó quieto. El que traía al guardia de seguridad no estaba armado y al ver la escena perdió el control del vigilante que lo golpeó con el codo primero y con los puños después.
Ya dominado el segundo ladrón, el custodio lo pateaba en el piso.
El caos dominó el lugar, la gente volvió a moverse y a gritar, a los pocos minutos la policía llegó, se devolvieron las pertenencias, se tomó declaración a todos. En una camilla se llevaron el cadáver que aferraba todavía el arma.
Ya de regreso en el departamento después de declarar, de verificar antecedentes y de comprobar la identidad de Armando, los dos quedaron en silencio un rato.


Amanecía y él estalló en gritos:
-Le dije negra, le dije que acá no es igual que en su país que se matan por lo que sea. Usted me prometió que venía a estar en paz, conmigo. Mierda. Mierda. Casi nos matan. Casi la matan. ¿No se da cuenta? ¿No le da la cabeza?
-Armando no me grite así- dijo ella con los ojos llenos de lágrimas- lo hice para que no le hicieran daño…
-Cállese. En serio: no hable más. No ME hable más.
Así furioso se puso un pijama y se acostó. Apagó la luz y a los pocos minutos dormía.
Dorys se había recostado a su lado sin tocarlo, vestida aún, con los ojos desbordando lágrimas silenciosas.
Como si se fuera a alguna parte se levantó y fue a la cocina, mientras se refregaba los ojos, y murmuraba:
- Putomaricacabrón, putomaricacabrón…
Buscó en el cajón un cuchillo aserrado para cortar pan.
Con el cuchillo en su mano y quitándose los zapatos con los pies, volvió al cuarto, su silueta pequeña era una mancha en las luces incipientes del nuevo día.
Se paró junto a Armando que roncaba con pequeños soplidos.
La Satán parecía llevar con ella la furia y la muerte donde quiera que fuese.
Al costado de la cama lo miró dormir. Pensó:
-Si ahora te mato, te saco lo que tienes y me pierdo en esta ciudad. Nadie, nunca, me encuentra.  Nadie me trata así y vive. Nadie.
De repente comenzó a sollozar y dejó caer el cuchillo que hizo un sonido sordo sobre la alfombra. Lloraba desconsoladamente.
Para su interior de violencia y ceguera asesina se dijo:
-Pero no puedo matarte. Estoy enamorada. Me quitaste mi hombría puto cabrón. Te amo.
Se durmió acostada en el piso, en la alfombra. Tuvo sueños que no recordó al día siguiente.
La Satán estaba en Buenos Aires, muy segura que estaba enamorada de un hombre por primera vez.




EL SOL QUEMA, LAS BALAS TAMBIÉN

Arriba el cielo, azul como un lienzo.
Abajo el calor y las moscas, y el hedor que sube en una reverberación desértica.
Arriba el cielo y los zopilotes sobrevolando el pueblo.
Abajo, cadáveres insepultos.  Muchos de ellos no superan los veinte años.
Muchos de ellos no sabrán que el sol está alto, murieron en una tarde nublada y de llovizna plomiza. En una tarde donde se toparon dos grupos armados, luchando por lo mismo, o contra lo mismo. Disparando armas que les pusieron en sus manos algunos mayores que no están allí con los ojos abiertos hacia la nada o los orificios pequeños.
Arriba el sol es blanco, no dorado. Blanco enceguecedor.
De entre los cadáveres se produce un movimiento.
Uno o dos están heridos.
Candela La Satán jura que cuando le dispararon sintió calor.
Que las balas provocan eso: no dolor, no desgarro: un intenso calor.
Candela está tirada entre las bolsas de maíz, donde le dispararon seis veces.
Ni una más.
Se toca el cuerpo, busca el calor en alguna parte. Se recorre el cuerpo escrito con SU nombre.  Se quita la camisa. Mira su ombligo, su cuerpo mugriento.
Sus manos son dos cangrejos que caminan veloces por su piel, por su cara.
Ni un disparo la tocó.
Piensa. Sonríe. Ríe.
Grita.
-         Puto. Ni uno me acertaste. Te voy a buscar. Y no le voy a errar a tu cabeza, guerrillo de mierda. Marica. Cagón.  Dispararle a una mujer indefensa.
La idea le da bríos.
En la soleada mañana ve que se acerca su compañero y custodio y amigo y ahijado de armas.
El Oldori.
El Oldori es un negro de un metro noventa: fuerte, serio, robusto.
Se acerca trotando con su fusil en las manos hasta Candela, sudando furia y temor.
La mira recorriendo el cuerpo como lo hizo ella con sus propias manos.
Los ojos de El Oldori son dos manos que buscan también alguna herida.
Le dice solamente con su voz ronca y baja:
-         Comandante, lo vi cuando te rociaba bala. Le disparé. No le di. Pero sé quién es.
-         Mejor que no le diste, porque ese mamón es mío.
-         Yo sé dónde encontrarlo.
La Satán mira el sol, siente el calor en la cara y en el cuerpo. Siente la sangre que le quema, como el sol.
Pero no el calor de las balas.
De pronto se da cuenta que no lleva camisa.
Que está escrita con SU nombre.
-         Deje de mirarme las tetas, no sea pajero.
-         No la miro.
-         Sí me está mirando. Dese la vuelta. Nos vamos a ver a este puto con mala estrella -dice mientras se pone la camisa, y toma su fusil del suelo, acomoda su nueve mili en la cintura.
Su sangre está fría, nuevamente sonríe con todos los dientes y los labios llenos de tierra.
Sus ojos no.
-         Vamos - dice  saboreando algo dulce en la boca- vamos que ese no tiene que ver la noche.




jueves, 10 de marzo de 2011

LORENZO DEJA DE RESPIRAR

Le abofeteó el rostro con el dorso de la mano primero y de revés después.
La cara de Lorenzo era un solo hematoma, lloraba, babeaba y moqueaba mientras suplicaba susurrando.
El Oldori lo tomó de los pelos con la otra mano y lo volvió a abofetear con sus manos grandes y pesadas.
Candela La Satán lo miraba con los ojos fríos y una muesca en la boca.
- A ver puto ahora si me dices por qué le hiciste eso a la Inesita, a ver si me lo dices y termino de respirar tu mismo aire podrido y me puedo ir a dormir lejos de este pantano inmundo.
Tres horas atrás Lorenzo caminaba saliendo de un bar en la zona roja de la ciudad, la música sonaba por todos lados mezclando géneros: reggaetones+rock+cumbia+vallenato= noche de rumba y fiesta.
Lorenzo era un tipo agraciado, alto moreno y delgado. Tenía una sonrisa amplia, ojos vivaces y era un gran bailarín. No le resultaba difícil la conquista ni la seducción, con unos pesos en el bolsillo ganados al póker en el bar, salía a buscar a Sara y un poco de coca con ron, para marchar a su departamento de soltero.
Detrás suyo por la misma vereda se puso a su lado un negro de casi dos metros, ancho y fornido.
Lo miró con los ojos entrecerrados y le susurró:
- ¿Tú eres el Lorenzo?
- Sí.  ¿Qué pasa hermano?
El Oldori lo golpeó con toda su fuerza en el estómago, el Lorenzo se dobló soltando el aire como un bufido largo.
Así doblado en ele, el Oldori se lo cargó en un hombro y caminó hacia el taxi en el que lo esperaba La Satán.
- Al vaciadero vamos. Parece que el amigo se emborrachó- le dijo al taxista- cuidado con las curvas porque capaz que le vomita el carro.
- Vamos despacio, el transporte de borrachos es como el transporte de huevos, hay que hacerlo suavemente- acotó el taxista, subió la música y arrancó.
- Cierto señor: no queremos que se nos dañe el niño lindo. ¿Verdad Oldori?
La Inesita es la mejor amiga de La Satán. Pequeña, flaca, con los dientes salidos y chuecos y las piernas arqueadas por una dolencia reumática que la atacó de joven y la dejó como montando un cerdo invisible de por vida.
La Inesita cuida de La Satán, limpia su casa, le prepara comida, lava su ropa, y cuando vienen los niños ayuda a cuidarlos.
La Inesita sabe todo de Candela La Satán. Pero jamás le preguntó ni cómo ni por qué ni dónde.
Detrás de sus anteojos de marco de carey negro y mucho aumento brillan dos ojitos de ratón, pequeños y movedizos.
Nadie en este mundo podría decir que la Inesita es bella.
Una mañana, tres semanas antes de la noche en que Lorenzo fuera llevado por La Satán y el Oldori al vaciadero municipal en un taxi, había cruzado su vida con la de la Inesita. Fue en una plaza, mientras tomaba resolana del atardecer sentado en un banco junto a dos amigos, que la vio pasar caminando torcido, con la cabeza gacha a la Inesita.
Fue una apuesta de alguno de los que estaban con él:
- Eh,  Lorenzo, a que no te pichas eso que pasó caminando, apuesto diez mil a que no puedes.
- ¿Diez mil? Apueste bien compañero o no muevo una hueva del banco… cincuenta mil cada uno.
El otro miró a la muchacha flaca y se rió:
- Voy con otros cincuenta mil.
- Hecho -dijo Lorenzo y se levantó arreglando su ropa mientras se pasaba la mano por los pelos largos.
Así fue como Lorenzo comenzó a caminar junto a la Inesita y a decirle cosas y a acercársele, hasta sacarle una sonrisa avergonzada y otra y otra más.
El Oldori lo ató a un árbol. Las manos detrás, con alambre de enfardar. Metal fino y cortante, un alambre con el que se ata a quién no se va a desatar con vida.
Lorenzo apenas podía respirar. El golpe lo había dejado sin aliento.
- A ver si el pendejo lindo se despierta y me presta atención. Dígame: le voy a preguntar una sola vez. ¿Por qué le hizo daño a la Inesita?
- ¿Quién es la Inesita, que mierda me hicieron? ¿Quién es usted y su amigo el negro?
- Usted no hace preguntas. Ninguna mierda de pregunta. Le dije que era una sola vez.
Candela se fue detrás de Lorenzo sacó una aguja gruesa y se la incrustó debajo de la uña del pulgar.
El alarido fue el principio de la respuesta.
El Oldori le tapó la boca con una mano y le dijo:
- Le contesta a la Comandante hablando como hombre, no gritando como marrano.
- ¡No sé, noooo seeee quién es la Inesita!
La Satán le clavó otra aguja debajo de la uña del índice.
Lorenzo gritó de nuevo y se orinó.
El Oldori le ató el cuello con una vuelta de alambre al árbol.
Candela La Satán se puso frente a él, y le dijo:
- Esto recién empieza.