Bajada

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Testimonios verdaderos de una mala vida...

viernes, 11 de marzo de 2011

EL SOL QUEMA, LAS BALAS TAMBIÉN

Arriba el cielo, azul como un lienzo.
Abajo el calor y las moscas, y el hedor que sube en una reverberación desértica.
Arriba el cielo y los zopilotes sobrevolando el pueblo.
Abajo, cadáveres insepultos.  Muchos de ellos no superan los veinte años.
Muchos de ellos no sabrán que el sol está alto, murieron en una tarde nublada y de llovizna plomiza. En una tarde donde se toparon dos grupos armados, luchando por lo mismo, o contra lo mismo. Disparando armas que les pusieron en sus manos algunos mayores que no están allí con los ojos abiertos hacia la nada o los orificios pequeños.
Arriba el sol es blanco, no dorado. Blanco enceguecedor.
De entre los cadáveres se produce un movimiento.
Uno o dos están heridos.
Candela La Satán jura que cuando le dispararon sintió calor.
Que las balas provocan eso: no dolor, no desgarro: un intenso calor.
Candela está tirada entre las bolsas de maíz, donde le dispararon seis veces.
Ni una más.
Se toca el cuerpo, busca el calor en alguna parte. Se recorre el cuerpo escrito con SU nombre.  Se quita la camisa. Mira su ombligo, su cuerpo mugriento.
Sus manos son dos cangrejos que caminan veloces por su piel, por su cara.
Ni un disparo la tocó.
Piensa. Sonríe. Ríe.
Grita.
-         Puto. Ni uno me acertaste. Te voy a buscar. Y no le voy a errar a tu cabeza, guerrillo de mierda. Marica. Cagón.  Dispararle a una mujer indefensa.
La idea le da bríos.
En la soleada mañana ve que se acerca su compañero y custodio y amigo y ahijado de armas.
El Oldori.
El Oldori es un negro de un metro noventa: fuerte, serio, robusto.
Se acerca trotando con su fusil en las manos hasta Candela, sudando furia y temor.
La mira recorriendo el cuerpo como lo hizo ella con sus propias manos.
Los ojos de El Oldori son dos manos que buscan también alguna herida.
Le dice solamente con su voz ronca y baja:
-         Comandante, lo vi cuando te rociaba bala. Le disparé. No le di. Pero sé quién es.
-         Mejor que no le diste, porque ese mamón es mío.
-         Yo sé dónde encontrarlo.
La Satán mira el sol, siente el calor en la cara y en el cuerpo. Siente la sangre que le quema, como el sol.
Pero no el calor de las balas.
De pronto se da cuenta que no lleva camisa.
Que está escrita con SU nombre.
-         Deje de mirarme las tetas, no sea pajero.
-         No la miro.
-         Sí me está mirando. Dese la vuelta. Nos vamos a ver a este puto con mala estrella -dice mientras se pone la camisa, y toma su fusil del suelo, acomoda su nueve mili en la cintura.
Su sangre está fría, nuevamente sonríe con todos los dientes y los labios llenos de tierra.
Sus ojos no.
-         Vamos - dice  saboreando algo dulce en la boca- vamos que ese no tiene que ver la noche.




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