Bajada

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Testimonios verdaderos de una mala vida...

viernes, 11 de marzo de 2011

LA SATAN EN BUENOS AIRES

La noche se instaló en el barrio porteño de San Telmo. Cayó fría y contundente como son los inviernos de Buenos Aires.
En un edificio, al abrigo del frío que sopla en las calles, un departamento cobija a Dorys y Armando.
Ella había llegado por primera vez en su vida a la Argentina y él la esperaba ansioso con esa tensión propia del ardor del primer encuentro íntimo, de la primera noche o tarde o mañana de sexo con ese otro cuerpo, que hasta ese entonces era solamente un objeto de deseo. Todo era por primera vez.
Habían pasado el día entero en la cama, recorriéndose, explorándose, en una verificación  que aquella vez en otro país muy lejos de allí los había dejado sólo con un beso en los labios y un abrazo apretado.
Toda la pulsión animal se había soltado, los sudores y los sabores habían correspondido a los de la imaginación individual que se fundió en una sola.
Las leyes del deseo satisfecho se habían cumplido, el encastre de las piezas humanas funcionaba con esa meticulosidad de reloj o de biomecanismo perfecto.
Armando recorría sus curvas con deleite, ella se arqueaba con placer en cada contacto, los gemidos y los susurros eran parte del aire que los envolvía y de la calefacción que los aislaba del gélido clima del afuera.
Habían pasado solamente dos meses o justamente dos meses, y hoy estaban juntos.
Se bañaron, se vistieron y decidieron salir a cenar a un restaurante de Palermo, Armando quería que su morena viera la ciudad y seguir agasajándola con una cena romántica.
Ella iba en el taxi mirando con los ojos color miel muy abiertos, devorando el paisaje desconocido, sonriendo por cada avenida o cada cartel gigante que los iluminaba.
Él le pasaba el brazo sobre los hombros y la apretaba contra su pecho. Sonreía satisfecho y orgulloso, se sentía fundido en un fuego especial en una forma que no había vivido en mucho tiempo.
Cuando llegaron al restaurante bajaron apretados esquivando las ráfagas de viento helado. Un guardia de seguridad les abrió la puerta y una señorita de falda y chaqueta negra los acompañó hasta su mesa.
Cenaron abundantemente, ella disfrutaba la terneza de la carne argentina y los diferentes sabores y texturas de los acompañamientos.
Tomaron vino tinto y con el postre champagne, hablaban en voz baja, de fondo sonaba música flamenca, el tiempo se detenía constantemente en sus miradas, como aquella primera mirada en el Metro.
De repente algo se quebró en el ambiente. Fue una ruptura violenta de la que Dorys no conocía pero La Satán sabía reconocer en el movimiento de las personas.
Su mirada cambió. Su cuerpo se crispó, y miró hacia la puerta por donde entraban dos hombres, uno de ellos empujaba al guardia de seguridad y el otro tenía un arma en la mano.
Los gritos de los dos hombres acallaron las conversaciones y sólo quedó la música flamenca que daba la sensación de sonar mucho más fuerte.
Los asaltantes pasaban por las mesas retirando celulares, carteras,  billeteras y arrancaban algunos aros y collares de las mujeres.
Nadie se movía, todos respondían como autómatas a la entrega de sus posesiones.
La Satán miró la mesa y sólo quedaban los cubiertos del postre, su mano se cerró firme sobre un tenedor con restos de tarta de frambuesa.
Armando ya había dejado su billetera y su celular sobre el mantel blanco. Le dijo:
-Tranquila, no hagás nada y todo sale bien.
Ella no lo miraba, tenía los ojos puestos en el hombre del arma que se acercaba vociferando:
-Entregá todo veterano. ¿Vos qué mirás negrita? Si el que garpa es él…
Candela se levantó de un salto, y le clavó el tenedor en la garganta. El hombre era mucho más alto que su metro cincuenta y cinco, pero quedó petrificado con el tenedor hundido sobre la nuez.
Cayó al suelo soltando mucha sangre y a los pocos segundos se quedó quieto. El que traía al guardia de seguridad no estaba armado y al ver la escena perdió el control del vigilante que lo golpeó con el codo primero y con los puños después.
Ya dominado el segundo ladrón, el custodio lo pateaba en el piso.
El caos dominó el lugar, la gente volvió a moverse y a gritar, a los pocos minutos la policía llegó, se devolvieron las pertenencias, se tomó declaración a todos. En una camilla se llevaron el cadáver que aferraba todavía el arma.
Ya de regreso en el departamento después de declarar, de verificar antecedentes y de comprobar la identidad de Armando, los dos quedaron en silencio un rato.


Amanecía y él estalló en gritos:
-Le dije negra, le dije que acá no es igual que en su país que se matan por lo que sea. Usted me prometió que venía a estar en paz, conmigo. Mierda. Mierda. Casi nos matan. Casi la matan. ¿No se da cuenta? ¿No le da la cabeza?
-Armando no me grite así- dijo ella con los ojos llenos de lágrimas- lo hice para que no le hicieran daño…
-Cállese. En serio: no hable más. No ME hable más.
Así furioso se puso un pijama y se acostó. Apagó la luz y a los pocos minutos dormía.
Dorys se había recostado a su lado sin tocarlo, vestida aún, con los ojos desbordando lágrimas silenciosas.
Como si se fuera a alguna parte se levantó y fue a la cocina, mientras se refregaba los ojos, y murmuraba:
- Putomaricacabrón, putomaricacabrón…
Buscó en el cajón un cuchillo aserrado para cortar pan.
Con el cuchillo en su mano y quitándose los zapatos con los pies, volvió al cuarto, su silueta pequeña era una mancha en las luces incipientes del nuevo día.
Se paró junto a Armando que roncaba con pequeños soplidos.
La Satán parecía llevar con ella la furia y la muerte donde quiera que fuese.
Al costado de la cama lo miró dormir. Pensó:
-Si ahora te mato, te saco lo que tienes y me pierdo en esta ciudad. Nadie, nunca, me encuentra.  Nadie me trata así y vive. Nadie.
De repente comenzó a sollozar y dejó caer el cuchillo que hizo un sonido sordo sobre la alfombra. Lloraba desconsoladamente.
Para su interior de violencia y ceguera asesina se dijo:
-Pero no puedo matarte. Estoy enamorada. Me quitaste mi hombría puto cabrón. Te amo.
Se durmió acostada en el piso, en la alfombra. Tuvo sueños que no recordó al día siguiente.
La Satán estaba en Buenos Aires, muy segura que estaba enamorada de un hombre por primera vez.




1 comentario:

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