A contraluz en el fondo de la iglesia rural cuelga un Cristo sobre el que caen rayos de sol arrojando una sombra sobre el altar.
La misa terminó pocos minutos antes, la gente se fue presurosa para llegar a sus casas antes de que el infierno del calor tropical los agobie.
Ya no es una misión de su escuadrón paramilitar, ya no busca hacer una operación de hostigamiento y desalojo de un grupo guerrillero en un pueblo de pura selva y montaña.
Este es un trabajo que le encargó su jefe, un trabajo de sicario. Dejar muda a una mujer de un narcotraficante que tiene una relación en la que habla de más y menciona nombres.
Candela mira la iglesia y vuelve a su infancia. A su madre católica que la perseguía con el infierno si no se alejaba de sus amistades poco adecuadas. Gañines. Pequeños delincuentes sin otro crimen que haber nacido en la marginalidad.
Ella está recordando y no logra conectarse con esa mujer que quiso su madre que fuera.
Acaricia su navaja y siente ese impulso de secar la mente, de abandonar los recuerdos. Pensar en el trabajo como lo que es: un trabajo. Dinero para la bolsa, algún bienestar para sus hijos y un peso más sobre su alma católica y hereje.
Por eso mira fijo hacia la cruz rústica, por eso le palpita el corazón al ver el rostro de ese Jesús rústico con la cabeza inclinada sobre el pecho, un Jesús de amor y de clemencia, que ella siente que abandonó ciento de muertes antes de aquel momento.
Los murmullos se acallan en la iglesia.
Sólo queda el cura y una mujer con un vestido floreado que se ondea sobre las rodillas. Una mujer que habla donde no debe y debe ser silenciada.
La mujer tiene el pelo corto y lacio. Es morena, más alta que el promedio de las morenas que andan por el pueblo.
Será por los tacones de puta que usa- piensa La Satán- o por ese cuerpo largo delgado de piernas firmes y delicadas.
- De acá te vas al cielo seguro. Si te mato acá te perdonan y yo me condeno un poco más. -Murmura entre dientes.
Lucha con sus convicciones. Y en la lucha las convicciones no logran detenerla en su fin: ser la mano que acabe con una vida.
Días antes cuando hablaba con el Oldori sobre este trabajo le decía:
- Que no marica. Que no, no puedo hacerlo en una iglesia.
- ¿Qué más da Candela? Una Iglesia, una casa, un descampado. Trabajo es trabajo. Si quiere yo la reemplazo. Si tiene miedo que su Dios la mire…
- No me venga con esas pendejadas. Él siempre ve. No importa dónde. Mi alma es más negra que su piel… pero en SU casa… eso es lo que me deja tiesa.
- Si está tiesa no vaya. Yo se lo arreglo. El tema es cumplir con el trabajo.
- No. Tengo que ir yo. Específicamente me pidieron a mí.
Hoy ya llegó el día. El día de hacer su trabajo en la casa de ÉL.
Alterna sus manos entre la navaja corta y la culata de su nueve milímetros.
La mujer alta y bonita se retira con el cura hacia un confesionario.
Ella se levanta y los sigue. Deja que se acomoden en la posición de confesión, ella de rodillas frente al cura joven.
Sobre el confesionario lee un cartel que dice: cura.
Ni la mujer ni el cura la vieron quedarse, ella se apoya en una columna para tapar su presencia. El silencio en la capilla es casi total, salvo por los murmullos entre la mujer de vestido floreado y el sacerdote.
Los murmullos se convierten en jadeos unos minutos después.
Candela sabe que llegó el momento, que puede moverse por la nave de la iglesia sin problemas, que sus botas cuero con suelo de goma serán muy silenciosas y que lo que ocurre en ese confesionario desviará la atención.
Cuando llega detrás de la mujer no está hablando.
Está practicándole sexo oral al párroco, con mucha intensidad y devoción.
En ese preciso momento todos sus sentidos se concentran en el uso de la navaja, en la forma de liquidar a esa pecadora.
Le entierra el cuchillo en la nuca, de abajo hacia arriba, y hace un giro corto hacia la derecha.
La mujer cae de costado y el cura se levanta con su hábito abierto y su miembro salpicado en sangre.
- Shhhh. Padrecito. Ni una palabra. Ninguna.
- Hija, por favor. ¿Qué estás haciendo en la casa de Dios?
- Qué hace usted es la pregunta.
- Yo, yo… fui débil… me obligó.
- De rodillas padre. Vamos a rezar juntos.
- Si hija lo que digas…
El cura de rodillas junta sus manos en el frente. La imagen que ve La Satán es por momentos vulgar y por momentos celestial: un mal mensajero de la palabra de Dios.
- Oremos padre- dice mientras saca su nueve de la cartuchera- en el nombre del Padre…
Le dispara en la frente.
- En el nombre del Hijo…
Le dispara en la cara.
- Y del Espíritu Santo…
Le dispara en la cabeza nuevamente.
- Amén.
Sopla el humo, junta los casquillos servidos y sale caminando despacio de la iglesia.
Antes de atravesar la puerta mira hacia el altar, se persigna y murmura:
- Perdón. Usted no murió en la cruz para ver esto.

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