Bajada

Bajada
Testimonios verdaderos de una mala vida...

miércoles, 16 de marzo de 2011

CONFIESA SATAN

"El día que descubrí que no moriría por causas naturales, decidí que debería ser de otra forma.
De una manera salvaje, tal como me había tocado vivir. En medio de la violencia de mi niñez y adolescencia o en un cambio de disparos con los guerrillos siendo paramilitar, en manos de un policía o un guardaespaldas como sicario. O a los golpes en un callejón por un grupo de narcos o drogadictos.
No tengo memoria de otra vida, nada me completa, porque todo es un remiendo.
Y no tengo recuerdos bonitos de mi historia, todos los dejo simplemente al azar de lo que me toca, y hasta hoy me toca una cosa fría sin aliento, sin dudas estoy condenada desde el día que me encontré a mi misma llorando en un rincón de la iglesia cuando no quería casarme.
Como también estoy necesitando de alguna manera, encontrar el espacio para mi silencio. Yo que he silenciado tantas vidas no puedo dejar de escuchar dentro de mi cabeza, esa terrible voz que me impulsa a arrojarme a mis más oscuros abismos.
No mato porque eso me haya sido dado en la vida como un mandato. Mato por placer de no verme en una forma completa, compleja, definitivamente mi forma de decirle no a la vida es acabando con otras porque no puedo con la mía.
Si no basta como una verdad que sea solamente un sentir.
El sentir de una mujer que no se puede completar: que no puede verse a sí misma de la manera que la ven los otros".
C.L.S.


sábado, 12 de marzo de 2011

COSAS DE MUJERES

Una choza en medio de la selva.
Crepúsculo.
El perímetro de la precaria casucha está rodeado de matorrales, una cabra atada, algunos árboles bajos y varios casquillos de proyectiles que reflejan el dorado del sol que se oculta.
En una de las ventanas  una mujer está fumando un cigarro armado de hoja de tabaco. Lanza el humo hacia arriba como una señal de fastidio o cansancio.
Fuera  hay varios cadáveres desparramados vestidos con sus uniformes camuflados o simplemente con una remera, jeans y zapatillas rotosas. Algunos miran al cielo, otros están en poses grotescas, como si el disparo que los derribó hubiera arrancado un mecanismo de postura y dignidad.
La mujer mira a través del humo de su cigarro. Gira la cabeza hacia el interior de la choza. Hay otras cinco mujeres con ropas de combate, algunas en camiseta. Unas sentadas en el suelo de tierra, otras acostadas de lado, en posición fetal. No duermen, simplemente se acunan.
Una de las de adentro dice:
“Ya no tenemos nada para comer, ni agua, ni una misma mierda… ya pasaron dos días y el Comandante no vuelve con provisiones.”
Un escuadrón de mujeres que ocupó una posición. Mujeres que salieron de sus casas a luchar por algún ideal o por alguna paga para escapar de la más miserable miseria. Hembras, madres, amas de casa en otra época tan remota como otra vida, añoran lo que añora cualquier guerrero: la vuelta al hogar, un baño, una ducha, un poco de sueño en una cama y un abrazo de sus hijos.
Además de su fiereza en el combate, viven con sus temas femeninos. Mujeres  que están en medio de una situación de chongos, pero “No meamos de parado, una desgracia pa’ la guerra”.
Ahora las atenazan el hambre y la sed.
El pueblo ya es una zona liberada, o el trabajo de dispersión de los guerrilleros ya fue hecho. Los habitantes del pueblo, compuesto por ocho chozas como ésas y algunos pequeños corrales, ya no están allí. Se fueron cuando comenzó el hostigamiento.
Candela es la líder del grupo.  Está apoyada contra un catre mugriento, la cabeza echada hacia atrás, arqueada, apoyándose  en un colchón de paja.  Los ojos cerrados hacia el techo también de paja. “Tenemos que salir de recorrida hasta un camino” murmura. “Necesitamos provisiones, no sabemos cuánto puede demorar esto”
“Sí, Satán, ya no doy más” dice otra desde el suelo. “Mis tripas están en concierto hace dos días.”
“Vamos a ponernos en marcha al amanecer, a buscar algo, si no nos mató la bala con nuestro nombre, no nos vamos a morir de hambre”, comenta una desde el piso de tierra.
“Las balas no tiene nombre, tienen plomo”, dice la de la ventana mientras sigue fumando.
Anochece y los mosquitos y zancudos aparecen en sus oídos, brazos y piernas.
“Mierda y yo con la regla parece que los atraigo más a los putos bichos”, dice otra desde el suelo.
“Jaja. Son moscos vampiros.”
“Rosalina hace la guardia en el primer turno, después nos rotamos, al amanecer salimos a buscar”.
“Sí Candela. Duerman ustedes si pueden”.
La noche dura una eternidad y ninguna duerme absolutamente. Todas sueñan, los ojos entrecerrados, con el final de ese momento. Con el amanecer. Con un vaso de agua fresca.
El sol sale demora en trepar los morros y los árboles altos de la selva, pero ya están todas paradas, ajustando correas y cinturones. Asegurando sus armas, moviéndose hacia afuera.
“Vamos a caminar hasta el camino secundario, si no pasa ningún camión de suministros, nos asomamos a la ruta”.
“La ruta es siempre mala idea”, dice La Satán. “A los costados siempre están ELLOS, esperando para la Pesca Milagrosa”.
Caminan en fila, no alineadas, sino con un arco de apertura, el que les permite el sendero de salida del poblado. Caminan hasta que el sol está alto y quema sus cabezas cubiertas de gorritas verdes. Arde en sus hombros y espaldas. Y seca más sus bocas.
Cerca del mediodía están apostadas en los laterales del camino secundario, entre los arbustos. Esperan.
“Hay dos formas de sobrevivir- piensa La Satán- de pura suerte o sabiendo esperar”.
Una hora después sienten el ronroneo de un motor de gasoil. Un camión destartalado da saltos entre los pozos del camino, esquiva algunos, o va buscando algún lugar sin ellos.
Dos mujeres se paran frente al camión pequeño. Hacen dos disparos al aire, se suben los pañuelos del cuello para tapar sus rostros.
“Alto”. “Detenga la marcha y baje del carro”.
El conductor es un hombre sin edad, un rostro casi indígena, de pelos blancos rociados de polvo del viaje. Camisa roja desteñida, mojada en el pecho y los sobacos.
“Confiscamos la carga en nombre de las Fuerzas Paramilitares”.
“Mire Jefa, no sé ni lo que hay, llevo unas cajas escritas en un idioma raro, quizás sean comestibles o pueden ser balas, no tengo idea”
Dos mujeres están ya subidas en la parte de atrás del camión, apartan las lonas con los fusiles, el silencio del mediodía invade el momento.
Hay pilas de cajas amarradas, con sogas entre ellas. Es cierto lo que dice el hombrecito. Las cajas tienen inscripciones en lengua rara: Красный
 “Oiga Satán ¿Qué vaina es esto?”
“Abra una caja Ofelia, con el cuchillo. Con cuidado, no vaya a ser cosa que volemos todas”.
La mujer en la caja del camión corta los precintos y abre las tapas de la caja. Dentro hay frascos pequeños de vidrio con tapas metálicas. Contienen una especie de puré o mermelada.
“Oiga, parece que es alguna cosa para comer, tiene un dibujo de una rodaja de pan en la etiqueta”
“Arrójeme una Ofelia”
Candela La Satán abre el pequeño frasco. Lo huele. Le mete un dedo.
“Pescado, es pescado, mierda de puré de pescado”
Se chupa el dedo. Salado y suave como pequeñas burbujas que se deshacen en su boca.
Se vuelve al chofer.
“Trae algo más. Algo para tomar. Agua. Refresco. O lo que sea…”
El chofer le indica cuatro cajas de cartón que están en el extremo de la carga. Son cuatro cajas que dicen también palabras en idioma desconocido.
La Satán grita:
“Bajen las cuatro cajas con bebidas y una caja por persona del pescado.”
Vuelven caminando con la carga, con más dudas que solución en su desesperación por comer.
Llegan a la choza a media tarde. Y comienzan a comer de los frasquitos, de ese suave y raro contenido, con sabor a mar y no.
Abren una de las cajas de la bebida llamada Pommery Brut Mellésimé.
Y así, entre el asco de comer eso raro con forma de pequeñas huevas, y beber una bebida espumosa y caliente que en seguida les duerme la cabeza y les afloja la risa, descubren el caviar ruso y el champagne francés.
El asco que les provoca es proporcional al hambre voraz que sienten.
Por la noche varias se sienten enfermas o vomitan.
No saben que han comido uno de los manjares más caros del mundo, que sin las condiciones óptimas de frío se convierte en algo asqueroso.
Seguro que era un cargamento para un narco pretencioso en la selva. Seguro que les salva de la sed y de la hambruna.
Mientras se tapan los estómagos con eso, no dejan de desear con nostalgia una bandeja paisa.


EL CHUNGO LOVER BOY

“Se trata solamente de ser fiel a la regla del combate. Este pensamiento puede bastar para sostener  a un espíritu: ha sostenido y sostiene civilizaciones enteras. No se niega la guerra. Hay que morir o vivir de ella.” (Camus).
Caminando el poblado reciben saludos de los lugareños.  No son los americanos liberando Paris. Son un puñado de paramilitares haciendo escaramuzas en una selva voraz y caribeña.
El escuadrón había logrado desalojar a un grupo guerrillero de Malicabo, un caserío de agricultores que eran rehenes, servidumbre y proveedores de aquel grupo armado. Los paramilitares ahora patrullan sus callecitas con los fusiles al hombro o algunos expectantes, esperando instrucciones y deseando que dure poco la ocupación para volver a la ciudad, a sus vidas. Aunque sea por un rato. Aunque sus vidas ya están tan sesgadas entre el combate y la ausencia, que no podrían establecer exactamente cuál de las dos es “su” vida.
Candela La Satán y el Oldori entran en un bar con pretensiones de comedero y alojamiento de tres cuartos en el fondo. Se acercan al mostrador donde hay una capa negra verdosa de moscas apoyadas sobre los diferentes pegotes. Una mujer anciana atiende el lugar. Tiene todos sus dientes blancos, y recoge su cabello plateado con una cinta roja en una larga coleta de caballo.
- Pónganos dos limonadas con doña por favor…
- Claro oficiales, a la orden.
- No somos oficiales, somos del escuadrón AUC.
- Para mí son oficiales, generales, capitanes… si sacaron a los guerrillos de acá, son la ley.
- Como quiera doña. Dice el Oldori zanjando la charla.
La mujer les acerca los vasos transpirados y los dos beben con placer.
- Oiga generala… ¿Escuchó hablar en el pueblo del Chungo?
- No - dice Candela.
- Qué es el Chungo - pregunta el Oldori.
- El Chungo es degenerado que se aprovecha de que somos más mujeres que hombres en  Malicabo.  Nuestros compañeros o murieron en manos de la guerrilla o se los llevaron a trabajar las tierras. La cuestión que es un pueblo pura mujer nomás.
- Ajá - dice el Odori - ¿Y todas chicas como usted?
- ¡Ya no sea pendejo negro marica! ¡Déjela terminar de hablar Oldori!

La anciana pasa un trapo más sucio que el mismo mostrador, mientras medita la respuesta a ese insulto, si es que fue un insulto.
- Coronel, yo no sé si serán todas jóvenes y mulatas como le gustan a usted. Pero somos mujeres y este puto se aprovecha de nuestras necesidades.
- ¿Haciendo qué? - pregunta La Satán, mientras le clava una patada de costado al tobillo del Oldori que está por abrir la boca nuevamente.
- Nos da sexo a las que le pagamos. No sólo teníamos que entregarle  a los guerrillos la comida, cosecha y animales, sino a éste el poco dinero que juntábamos pa’ que nos dé un poco de su cuerpo.
- ¿El Chungo les sacudía la tierra, telarañas  y los alacranes a todas? -dice el Oldori seriamente.
- NO negro soldado comandante: solamente a las viudas y mujeres un poquito grandes como yo.
- Menudo jodeputa mamón… encontró la forma de vivir de la miseria en medio de la nada. Entre la desesperación y la tristeza de este lugar olvidado por Dios, el marica se el pasa bien con la necesidad ustedes. - dice La Satán con el ceño fruncido- ¿Dónde lo encuentro al Chungo?
La mujer les indica desde la puerta del bar, tres cuadras de casas de adobe. Les explica que el Chungo tiene la puerta pintada de azul muy fuerte, y que tiene un llamador que nadie necesita porque las puertas están siempre abiertas para refrescar el bochorno de la siesta  y que entre la fresca de la noche. Es innecesario básicamente  porque nadie golpea una puerta con ese coso de bronce.
Caminan los dos por la calle polvorienta, el gigante y la pequeña guerrera viendo sus sombras aplastadas por la canícula.
- Qué piensa comandante?
- Nada.
- ¿Pero qué le vamos a hacer al Chungo? Pa mi está legal el huevón…
- Cállese Oldori, le vamos a pedir trabajo social. Seguro que algo de la lana que le sacaba a las viejas se las daba a los guerrillos.  Le hacemos que devuelva con trabajo social.
El Oldori empuja la puerta de un manotazo, hay un pasillo que desemboca en un patio de adobe, el pasillo tiene dos puertas una a cada lado.

- Chungo! Vocifera La Satán.
Una de las puertas se abre, y aparece un hombre de unos treinta años, rubio ceniza es su pelo, con barba crecida, gordo y muy sucio.
- Quí hay negra…no estoy trabajando…aunque a vos te lo hago de gratis nomás.
La Satán le da un revés con la mano cerrada en la oreja izquierda. Le zumban al Chungo un millar de abejas en el centro del oído.
- Oldori, busque un baño, o un charco, lo tira y hasta que no deje de apestar no me lo trae.
Cuando lo tenga limpio y cambiado, me lo trae. Yo me ocupo de avisar que hoy hay Lover Boy pa todas las chicas del poblado.
Oldori lo agarra de los pelos con una mano, con la otra le atenaza el cuello y se lo lleva hacia afuera.
- Más vale que tengas jabón y te bañes solito marica, porque te arranco los huevos.



REDENCIÓN DE LA SATAN

La idea de redención flota en el alma cristiana de La Satán. Piensa y se dice que una inmolación o una desaparición serían un acto de fe para con las pocas personas que le demostraron verdadero y desinteresado amor: Armando y sus hijos, que la recibieron en otro país. Le brindaron una nueva identidad, un trabajo, y una familia que no la cuestionaba ni juzgaba. La aceptaban, con su pasado y su presente, lleno historias de combate, y de crímenes.
La Satán piensa en su redención a través de este acto. No piensa que no merezca el infierno, pero siente algún alivio en la condena Divina.
Simetrías de la vida, para Armando su amor es una misión: sacarla de esos lugares y situaciones que hacen que ella se vea horrenda, inmunda y con un corazón oscuro. Armando busca también su propia redención, a través de este rescate.
Son dos seres que se encuentran en la vida a través de un designio que los supera, se eleva por sobre sus propios hermetismos y durezas.
Para Armando la vida era una lucha constante desde sus épocas de estudiante, militante político, enemigo de la violencia, aunque siempre apasionado. Había visto suficiente horror con sus propios ojos. La vida de Armando también había tomado un curso de dureza exterior, por infelicidad o porque la contabilidad no daba más que para eso. Sentía que en el amor hacia La Satán había un acto de reparación con su propia vida y sus propios errores.
Dos mundos diferentes se acercan, más allá de la religiosidad y catolicismo de  La Satán y el agnosticismo de Armando, los dos se perciben como dignos de este acto superior.
Unamuno comparaba la condición humana con la de “cangrejos encerrados en dura costra”: con la carne adentro y el hueso afuera.
“Vas a libertar a tu hermano porque siente que hace él esfuerzos por libertarse, o porque te llegan sus quejas, y las quejas son deseo de verse libre, y el deseo de verse libre es principio de libertarse; y cuando él siente que empiezas a querer libertarle, redobla sus esfuerzos por hacerse libre, y redoblas tú los tuyos. Le oyes arañar el muro de su prisión, y empiezas a golpear en él desde afuera, y cuando oye tus golpes, golpea él, y tu arrecias y él arrecia, y vais, él desde adentro, y tú desde afuera, trabajando en una misma obra. Y es lo más consolador, que mientras golpeas en su costra, como lo haces con la tuya, tanto trabajas por romper la de él como por romper la tuya propia, y él a su vez , mientras golpea en la suya , da golpes en la tuya. Y así toda redención es mutua. “



viernes, 11 de marzo de 2011

LA SATAN EN BUENOS AIRES

La noche se instaló en el barrio porteño de San Telmo. Cayó fría y contundente como son los inviernos de Buenos Aires.
En un edificio, al abrigo del frío que sopla en las calles, un departamento cobija a Dorys y Armando.
Ella había llegado por primera vez en su vida a la Argentina y él la esperaba ansioso con esa tensión propia del ardor del primer encuentro íntimo, de la primera noche o tarde o mañana de sexo con ese otro cuerpo, que hasta ese entonces era solamente un objeto de deseo. Todo era por primera vez.
Habían pasado el día entero en la cama, recorriéndose, explorándose, en una verificación  que aquella vez en otro país muy lejos de allí los había dejado sólo con un beso en los labios y un abrazo apretado.
Toda la pulsión animal se había soltado, los sudores y los sabores habían correspondido a los de la imaginación individual que se fundió en una sola.
Las leyes del deseo satisfecho se habían cumplido, el encastre de las piezas humanas funcionaba con esa meticulosidad de reloj o de biomecanismo perfecto.
Armando recorría sus curvas con deleite, ella se arqueaba con placer en cada contacto, los gemidos y los susurros eran parte del aire que los envolvía y de la calefacción que los aislaba del gélido clima del afuera.
Habían pasado solamente dos meses o justamente dos meses, y hoy estaban juntos.
Se bañaron, se vistieron y decidieron salir a cenar a un restaurante de Palermo, Armando quería que su morena viera la ciudad y seguir agasajándola con una cena romántica.
Ella iba en el taxi mirando con los ojos color miel muy abiertos, devorando el paisaje desconocido, sonriendo por cada avenida o cada cartel gigante que los iluminaba.
Él le pasaba el brazo sobre los hombros y la apretaba contra su pecho. Sonreía satisfecho y orgulloso, se sentía fundido en un fuego especial en una forma que no había vivido en mucho tiempo.
Cuando llegaron al restaurante bajaron apretados esquivando las ráfagas de viento helado. Un guardia de seguridad les abrió la puerta y una señorita de falda y chaqueta negra los acompañó hasta su mesa.
Cenaron abundantemente, ella disfrutaba la terneza de la carne argentina y los diferentes sabores y texturas de los acompañamientos.
Tomaron vino tinto y con el postre champagne, hablaban en voz baja, de fondo sonaba música flamenca, el tiempo se detenía constantemente en sus miradas, como aquella primera mirada en el Metro.
De repente algo se quebró en el ambiente. Fue una ruptura violenta de la que Dorys no conocía pero La Satán sabía reconocer en el movimiento de las personas.
Su mirada cambió. Su cuerpo se crispó, y miró hacia la puerta por donde entraban dos hombres, uno de ellos empujaba al guardia de seguridad y el otro tenía un arma en la mano.
Los gritos de los dos hombres acallaron las conversaciones y sólo quedó la música flamenca que daba la sensación de sonar mucho más fuerte.
Los asaltantes pasaban por las mesas retirando celulares, carteras,  billeteras y arrancaban algunos aros y collares de las mujeres.
Nadie se movía, todos respondían como autómatas a la entrega de sus posesiones.
La Satán miró la mesa y sólo quedaban los cubiertos del postre, su mano se cerró firme sobre un tenedor con restos de tarta de frambuesa.
Armando ya había dejado su billetera y su celular sobre el mantel blanco. Le dijo:
-Tranquila, no hagás nada y todo sale bien.
Ella no lo miraba, tenía los ojos puestos en el hombre del arma que se acercaba vociferando:
-Entregá todo veterano. ¿Vos qué mirás negrita? Si el que garpa es él…
Candela se levantó de un salto, y le clavó el tenedor en la garganta. El hombre era mucho más alto que su metro cincuenta y cinco, pero quedó petrificado con el tenedor hundido sobre la nuez.
Cayó al suelo soltando mucha sangre y a los pocos segundos se quedó quieto. El que traía al guardia de seguridad no estaba armado y al ver la escena perdió el control del vigilante que lo golpeó con el codo primero y con los puños después.
Ya dominado el segundo ladrón, el custodio lo pateaba en el piso.
El caos dominó el lugar, la gente volvió a moverse y a gritar, a los pocos minutos la policía llegó, se devolvieron las pertenencias, se tomó declaración a todos. En una camilla se llevaron el cadáver que aferraba todavía el arma.
Ya de regreso en el departamento después de declarar, de verificar antecedentes y de comprobar la identidad de Armando, los dos quedaron en silencio un rato.


Amanecía y él estalló en gritos:
-Le dije negra, le dije que acá no es igual que en su país que se matan por lo que sea. Usted me prometió que venía a estar en paz, conmigo. Mierda. Mierda. Casi nos matan. Casi la matan. ¿No se da cuenta? ¿No le da la cabeza?
-Armando no me grite así- dijo ella con los ojos llenos de lágrimas- lo hice para que no le hicieran daño…
-Cállese. En serio: no hable más. No ME hable más.
Así furioso se puso un pijama y se acostó. Apagó la luz y a los pocos minutos dormía.
Dorys se había recostado a su lado sin tocarlo, vestida aún, con los ojos desbordando lágrimas silenciosas.
Como si se fuera a alguna parte se levantó y fue a la cocina, mientras se refregaba los ojos, y murmuraba:
- Putomaricacabrón, putomaricacabrón…
Buscó en el cajón un cuchillo aserrado para cortar pan.
Con el cuchillo en su mano y quitándose los zapatos con los pies, volvió al cuarto, su silueta pequeña era una mancha en las luces incipientes del nuevo día.
Se paró junto a Armando que roncaba con pequeños soplidos.
La Satán parecía llevar con ella la furia y la muerte donde quiera que fuese.
Al costado de la cama lo miró dormir. Pensó:
-Si ahora te mato, te saco lo que tienes y me pierdo en esta ciudad. Nadie, nunca, me encuentra.  Nadie me trata así y vive. Nadie.
De repente comenzó a sollozar y dejó caer el cuchillo que hizo un sonido sordo sobre la alfombra. Lloraba desconsoladamente.
Para su interior de violencia y ceguera asesina se dijo:
-Pero no puedo matarte. Estoy enamorada. Me quitaste mi hombría puto cabrón. Te amo.
Se durmió acostada en el piso, en la alfombra. Tuvo sueños que no recordó al día siguiente.
La Satán estaba en Buenos Aires, muy segura que estaba enamorada de un hombre por primera vez.




EL SOL QUEMA, LAS BALAS TAMBIÉN

Arriba el cielo, azul como un lienzo.
Abajo el calor y las moscas, y el hedor que sube en una reverberación desértica.
Arriba el cielo y los zopilotes sobrevolando el pueblo.
Abajo, cadáveres insepultos.  Muchos de ellos no superan los veinte años.
Muchos de ellos no sabrán que el sol está alto, murieron en una tarde nublada y de llovizna plomiza. En una tarde donde se toparon dos grupos armados, luchando por lo mismo, o contra lo mismo. Disparando armas que les pusieron en sus manos algunos mayores que no están allí con los ojos abiertos hacia la nada o los orificios pequeños.
Arriba el sol es blanco, no dorado. Blanco enceguecedor.
De entre los cadáveres se produce un movimiento.
Uno o dos están heridos.
Candela La Satán jura que cuando le dispararon sintió calor.
Que las balas provocan eso: no dolor, no desgarro: un intenso calor.
Candela está tirada entre las bolsas de maíz, donde le dispararon seis veces.
Ni una más.
Se toca el cuerpo, busca el calor en alguna parte. Se recorre el cuerpo escrito con SU nombre.  Se quita la camisa. Mira su ombligo, su cuerpo mugriento.
Sus manos son dos cangrejos que caminan veloces por su piel, por su cara.
Ni un disparo la tocó.
Piensa. Sonríe. Ríe.
Grita.
-         Puto. Ni uno me acertaste. Te voy a buscar. Y no le voy a errar a tu cabeza, guerrillo de mierda. Marica. Cagón.  Dispararle a una mujer indefensa.
La idea le da bríos.
En la soleada mañana ve que se acerca su compañero y custodio y amigo y ahijado de armas.
El Oldori.
El Oldori es un negro de un metro noventa: fuerte, serio, robusto.
Se acerca trotando con su fusil en las manos hasta Candela, sudando furia y temor.
La mira recorriendo el cuerpo como lo hizo ella con sus propias manos.
Los ojos de El Oldori son dos manos que buscan también alguna herida.
Le dice solamente con su voz ronca y baja:
-         Comandante, lo vi cuando te rociaba bala. Le disparé. No le di. Pero sé quién es.
-         Mejor que no le diste, porque ese mamón es mío.
-         Yo sé dónde encontrarlo.
La Satán mira el sol, siente el calor en la cara y en el cuerpo. Siente la sangre que le quema, como el sol.
Pero no el calor de las balas.
De pronto se da cuenta que no lleva camisa.
Que está escrita con SU nombre.
-         Deje de mirarme las tetas, no sea pajero.
-         No la miro.
-         Sí me está mirando. Dese la vuelta. Nos vamos a ver a este puto con mala estrella -dice mientras se pone la camisa, y toma su fusil del suelo, acomoda su nueve mili en la cintura.
Su sangre está fría, nuevamente sonríe con todos los dientes y los labios llenos de tierra.
Sus ojos no.
-         Vamos - dice  saboreando algo dulce en la boca- vamos que ese no tiene que ver la noche.




jueves, 10 de marzo de 2011

LORENZO DEJA DE RESPIRAR

Le abofeteó el rostro con el dorso de la mano primero y de revés después.
La cara de Lorenzo era un solo hematoma, lloraba, babeaba y moqueaba mientras suplicaba susurrando.
El Oldori lo tomó de los pelos con la otra mano y lo volvió a abofetear con sus manos grandes y pesadas.
Candela La Satán lo miraba con los ojos fríos y una muesca en la boca.
- A ver puto ahora si me dices por qué le hiciste eso a la Inesita, a ver si me lo dices y termino de respirar tu mismo aire podrido y me puedo ir a dormir lejos de este pantano inmundo.
Tres horas atrás Lorenzo caminaba saliendo de un bar en la zona roja de la ciudad, la música sonaba por todos lados mezclando géneros: reggaetones+rock+cumbia+vallenato= noche de rumba y fiesta.
Lorenzo era un tipo agraciado, alto moreno y delgado. Tenía una sonrisa amplia, ojos vivaces y era un gran bailarín. No le resultaba difícil la conquista ni la seducción, con unos pesos en el bolsillo ganados al póker en el bar, salía a buscar a Sara y un poco de coca con ron, para marchar a su departamento de soltero.
Detrás suyo por la misma vereda se puso a su lado un negro de casi dos metros, ancho y fornido.
Lo miró con los ojos entrecerrados y le susurró:
- ¿Tú eres el Lorenzo?
- Sí.  ¿Qué pasa hermano?
El Oldori lo golpeó con toda su fuerza en el estómago, el Lorenzo se dobló soltando el aire como un bufido largo.
Así doblado en ele, el Oldori se lo cargó en un hombro y caminó hacia el taxi en el que lo esperaba La Satán.
- Al vaciadero vamos. Parece que el amigo se emborrachó- le dijo al taxista- cuidado con las curvas porque capaz que le vomita el carro.
- Vamos despacio, el transporte de borrachos es como el transporte de huevos, hay que hacerlo suavemente- acotó el taxista, subió la música y arrancó.
- Cierto señor: no queremos que se nos dañe el niño lindo. ¿Verdad Oldori?
La Inesita es la mejor amiga de La Satán. Pequeña, flaca, con los dientes salidos y chuecos y las piernas arqueadas por una dolencia reumática que la atacó de joven y la dejó como montando un cerdo invisible de por vida.
La Inesita cuida de La Satán, limpia su casa, le prepara comida, lava su ropa, y cuando vienen los niños ayuda a cuidarlos.
La Inesita sabe todo de Candela La Satán. Pero jamás le preguntó ni cómo ni por qué ni dónde.
Detrás de sus anteojos de marco de carey negro y mucho aumento brillan dos ojitos de ratón, pequeños y movedizos.
Nadie en este mundo podría decir que la Inesita es bella.
Una mañana, tres semanas antes de la noche en que Lorenzo fuera llevado por La Satán y el Oldori al vaciadero municipal en un taxi, había cruzado su vida con la de la Inesita. Fue en una plaza, mientras tomaba resolana del atardecer sentado en un banco junto a dos amigos, que la vio pasar caminando torcido, con la cabeza gacha a la Inesita.
Fue una apuesta de alguno de los que estaban con él:
- Eh,  Lorenzo, a que no te pichas eso que pasó caminando, apuesto diez mil a que no puedes.
- ¿Diez mil? Apueste bien compañero o no muevo una hueva del banco… cincuenta mil cada uno.
El otro miró a la muchacha flaca y se rió:
- Voy con otros cincuenta mil.
- Hecho -dijo Lorenzo y se levantó arreglando su ropa mientras se pasaba la mano por los pelos largos.
Así fue como Lorenzo comenzó a caminar junto a la Inesita y a decirle cosas y a acercársele, hasta sacarle una sonrisa avergonzada y otra y otra más.
El Oldori lo ató a un árbol. Las manos detrás, con alambre de enfardar. Metal fino y cortante, un alambre con el que se ata a quién no se va a desatar con vida.
Lorenzo apenas podía respirar. El golpe lo había dejado sin aliento.
- A ver si el pendejo lindo se despierta y me presta atención. Dígame: le voy a preguntar una sola vez. ¿Por qué le hizo daño a la Inesita?
- ¿Quién es la Inesita, que mierda me hicieron? ¿Quién es usted y su amigo el negro?
- Usted no hace preguntas. Ninguna mierda de pregunta. Le dije que era una sola vez.
Candela se fue detrás de Lorenzo sacó una aguja gruesa y se la incrustó debajo de la uña del pulgar.
El alarido fue el principio de la respuesta.
El Oldori le tapó la boca con una mano y le dijo:
- Le contesta a la Comandante hablando como hombre, no gritando como marrano.
- ¡No sé, noooo seeee quién es la Inesita!
La Satán le clavó otra aguja debajo de la uña del índice.
Lorenzo gritó de nuevo y se orinó.
El Oldori le ató el cuello con una vuelta de alambre al árbol.
Candela La Satán se puso frente a él, y le dijo:
- Esto recién empieza.



MAMA SATAN Y MAMA DORYS

Candela La Satán tiene tres hijos.
Uno solo de ellos es hijo propiamente de Candela La Satán, ya que es producto de un romance mantenido dentro de su escuadrón con su Comandante.
Los otros dos son hijos de Irma Dorys Chaves  y nacieron de su matrimonio con Ruperto Estévez, a quien conoció en un período de descanso de la batalla, luego de haber tenido a su primer hijo. Pasó tres años en la clandestinidad, que no era otra que ser ella misma.
Irma Dorys Chaves fue violada cuando tenía catorce años. En esas épocas no era aún La Satán, ni soñaba serlo. Su padre y su madre eran gente normal de barrios humildes de la periferia  marginal. Tuvo una infancia simple rodeada de amigos. Siempre contaba que su padre quería un varón, y ella le salió medio chonga por esa razón. Del trabajo honrado de su padre como carpintero y del cuidado fanático de una madre ama de casa religiosa devota se nutrieron sus primeros años de vida. Jugaba con cuatro amigos, cuatro rufianes que eran muy pobres y muy niños, y ya hacían incursiones a robar al centro: pequeñas cosas, caramelos, juguetes, a veces una remera de algún club de fútbol. Irma Dorys llevaba una vida de niño de varoncito y sus amigos la percibían como uno más. Ella los llevaba a comer a su casa cuando sus padres no estaban y luego recibía gritos y alguna bofetada de su madre por acabarse “comida decente con sus amigos hijos del diablo”.
Irma Dorys se casó con Ruperto Estévez siendo ya La Satán. Casamiento de blanco por iglesia como Dios manda. Pronto nacieron sus dos hijas, Milagros y Purita. Estos años fueron de reposo en el campo de batalla, de no tener que esquivar disparos, de no tener que matar o ver morir compañeros o amigos.
Duró poco el remanso de paz con Ruperto.
Ruperto era empleado de un almacén. Un trabajo fijo, un hombre cualquiera. Casi demasiado cualquiera.
Él conocía el pasado violento y latente de Dorys, sabía de la existencia de La Satán, y al principio en el cortejo y el romance supuso que lo soportaría.
Irma Dorys era ama de casa, cuidaba los niños, cocinaba para él, cumplía con sus deberes maritales con más resignación que placer: una tarea doméstica más.
Un día volvió a vivir en medio de la hostilidad, de la violencia y de un peligro que no esperaba. Ruperto comenzó a salir con otras mujeres, casi púberes todas, a beber con desenfreno y a llegar a la casa y buscar a Dorys para insultarla y golpearla.
Quizás era su forma de recomponer su figura masculina, quizás era solamente un latino más golpeando a una mujer como un objeto de su posesión,  simplemente “pa’ que sepas quién manda acá putita Comandante de una banda de asesinos”.
Las razones de Ruperto se hunden en un pasado cultural de impunidad de violencia doméstica.
Los motivos de Irma Dorys para no ser Candela La Satán y cortarle los huevos y el cuello parecían misteriosos. Ella lo justificaba con un simple desdoblamiento de personalidad: Irma Dorys aceptaba el castigo porque era el padre de sus niñas y cuidaba de un hijo bastardo como si fuese propio.
Una época siniestra que la tuvo como protagonista pasiva, sin su fusil en la mano, sin su navaja dentada de siete centímetros de hoja.
Cuando las niñas tuvieron tres y cuatro años, Dorys tuvo que dejar la casa porque la convocaron al combate nuevamente. La Satán marchaba a la selva y Ruperto cuidaba de los niños.
Su ferocidad y su capacidad estratégica le valieron un cargo de Comandante. Pasaba largos meses en la selva haciendo hostigamiento, enfrentando guerrilleros y tomando pueblos que habían sido antes rehenes de la guerrilla.
Al volver a su hogar, era Irma Dorys Chaves nuevamente y nuevamente recibía los tratos pertinentes de golpizas, sexo casi forzado e infidelidades de un Ruperto que no cedía en su ímpetu de borracho.
Su hijo mayor se había vuelto retraído, no hablaba prácticamente, y Dorys comenzó a sospechar que Ruperto hacía de él también  el destinatario de su ira de macho.
Inclusive sospechó lo peor, que Ruperto abusaba de su niño mientras ella no estaba.
El niño juraba que no que “ahí no me ha tocado ni me ha dicho nada malo ni me ha pegado madre, como se le ocurre: es mi padre”.
Dorys sufrió el arrebato de Candela La Satán. La duda la carcomía.
Entonces en su siguiente incursión, antes de partir a la selva le dijo al Oldori:
- Váyase a verlo a Ruperto, no me lo mate, no lo deje tullido. No lo corte ni lo mutile. Dele duro, muy duro, que vomite sangre el cabrón y dígale una sola cosa cuando se canse de golpearlo y lo vea meado y acobardado: nunca más la toque a Irma Dorys, y ni se le ocurra denunciarla, esto va por su cuenta, que anda sospechando que es marica y lo mira al niño con ojos de marica.
Cuatro horas más tarde el Oldori se sumó al comando cuando ya marchaban por las afueras de la ciudad rumbo a la selva.
Candela La Satán lo miró.
El Oldori dijo:
- Blandito el Ruperto: no le había pegado una cachetada y lloraba. Me juró por todo cuando me iba que al niño no lo había tocado nunca, y que a la Dorys nunca más.
- ¿Le creyó?
- Claro – dijo el Oldori- me lo juró. Me lo juró durante una hora, Comandante.
- ¿Lloraba? ¿Se aseguró que ni las niñas ni el niño lo vieran?
- Todos lloran al principio, suplican al final, se mean y se cagan de miedo en el medio: éste hizo todo al principio. Y para que sepa ni le toqué la cara blanquita. Ni nadie vio nada.
- Gracias Oldori.
- Para servirla Comandante.

El Cerdo

¿Hacia dónde dirige la mirada la cabeza de cerdo cercenada que le habla a La Satán en sus sueños?
Ella está tirada cuerpo a tierra, su vientre en contacto con el suelo. Afirmada en sus codos, espera la llegada del enemigo.
Candela mira hacia la selva las frondosas y espesas cortinas de verde, desparramadas sobre hojas  putrefactas, capas y más capas en un sendero casi invisible.
Al costado de ese cuasi camino, entre otras matas y arbustos  se aferra a su fusil al ras de la tierra.
Su escuadrón está por allí, pero el cerdo le habla a ella. La mira a ella y con su voz insulsa rasposa le habla sobre un momento que no llegó aún.
Candela repasa visualmente los árboles, fija su vista en los huecos entre los que apenas se filtra un poco de sol y algunas gotas de lluvia aprisionadas  que siguen cayendo. Mira sin ver. En la cúspide de la montaña de basura, el cerdo la envuelve con sus ojos muertos y sus palabras.
Baja la mirada. En el suelo hay vida, una vida que se agita y se mueve debajo y a sus costados. Pequeñas arañas, sabandijas, y algunos escarabajos. Enfoca más la vista y es un mundo de pequeñas personas que se mueven a un ritmo frenético. Ella sabe que están muertos. Sin embargo se mueven, se empujan con desesperación.
El cerdo le dice: “Ellos ya no vuelven, ahora es su tiempo de dejarse ir. Los liberaste. Ahora la presa eres tú”. “Pero quién te libera a ti, es un tema del que no puedo hablarte, no puedes escucharlo. Si lo escuchas no podrás recordarlo”
-Diosss. Murmura La Satán.
Es consciente de que está soñando, busca la  libreta en su mesa de luz, pero hay un pozo. Mete la mano en el pozo que parece un charco. Es una ciénaga, profunda, llena de un material viscoso. Reconoce el hedor de la sangre.
Quiere sacar su mano del foso repleto de sangre porque sabe que se acerca el enemigo, lo escucha quebrar pequeñas ramas, y agitar levemente el aire con el aroma del sudor de cuerpos rancios. Y su mano sigue buceando en el líquido espeso. Busca, se enreda con raíces o tentáculos de invertebrados vegetales.
Necesita escribir y recordar. Y es importante su mano en el arma, apoyar el dedo en el gatillo, fijar la vista en el movimiento que se aproxima.
El foso la absorbe. Ya casi su hombro y su axila están dentro de él. Tira con fuerza y saca un trozo de hoja de su cuaderno. El fragmento de papel está empapado, chorrea sangre.
Vuelve a tomar el fusil, con sus dos manos.
La mano mojada es su forma de conciencia que no está aferrada a un fusil, sino a una serpiente. Una serpiente fría que se retuerce lentamente.
“Sabrás de tu vida a través de la muerte: de tus sueños a través de la vigilia, de los pasos cuando te detengas, y detenerte no depende de ti”.
El cerdo le habla claro, la mayor parte de las palabras no las reconoce, sólo siente ese reptil en sus manos, apoya su cara en el lomo frío y lustroso de la víbora.
“Es el pecado que te guía hacia tu propia redención de ángel caído, es el pecado tu único sendero; aún en lo horrible encuentras placer. O sólo en ello”.
Los pájaros no cantan entre los árboles altos y frondosos.
El silencio es una lápida sobre su espalda, entre sus omóplatos. Una lápida fría.
Intenta quitarse las telarañas de sus retinas,  ríos de sangre que van estallando en las venas pequeñas de los ojos color miel.
El silencio y un olor poderoso a incienso de domingo de Pascuas.
Ve la sombra en el sendero. El cerdo se ríe estrepitosamente.
La sombra se alarga y ella sabe qué viene detrás de la sombra, de esa colosal sombra negra con forma de cruz, que se estira y repta como otra serpiente.
Candela La Satán sabe qué viene detrás de “ésa” sombra.
Dos niños pequeños vestidos de ángeles con trozos de papel de diario y alas de cometas rotos abren el cortejo.
Camina solemne el cura de su pueblo, el cura de los sermones, el de las palabras y los ejemplos.
Sostiene entre sus manos  su pene, que proyecta a contraluz la sombra de una cruz.
El cerdo ríe y le dice algo en un idioma extranjero. Puede ser latín o napolitano, da igual, ella no lo comprende, y no tiene forma de quitarse la imagen de sus ojos, la lápida  de su espalda ni las palabras del cerdo de sus oídos.
Ríe y ruge la cabeza cercenada.


miércoles, 9 de marzo de 2011

MUERTE EN EL BILLAR Y UN HALLS

- ¡Oldori! Necesito que me preste el 38.  
- ¿Y usted que va a hacer?
- Necesito que me preste su arma.
- ¿Por qué?
- ¿Se  acuerda de Némesis?
- Sí.
- Sé dónde está
-  ¿En serio? Venga, yo voy pa pegarle.
- No, déjelo que ese sí es mío. Me roció bala y no me mató
- Venga que yo se lo limpio.
- No, déjelo que eso lo voy a hacer yo. Bien frío y limpio lo voy a dejar.

Candela la Satán fue hasta su casa, a verlo a Ruperto y a cambiarse la ropa. Lo miró y le dijo:
-          Ruperto, bueno… ¿usted sabe cómo son las cosas cierto?
-          Sí. ¿Qué pasó?
-          Bueno, es que voy a matar a alguien y aquí se va a acabar esto.
-          Ay no Dorys, yo se lo suplico.
-          No Ruperto, no me suplique nada… es decisión de combate.
-          Yo solo quiero saber quién es.
-          Tal  o cual da igual. Una persona que tiene que dejar de respirar.
-          Ay Dorys.
Entonces él corrió y la abrazó y ella le dijo
-          Usted se queda aquí calladito.
Y antes de salir se cambió, se puso una minifalda y una blusita encima una chaqueta.
Así se fue para el Antro de Nica.
Un billar oscuro, donde sabía que estaba Némesis. El hombre que no pudo matarla.

Entró en la penumbra, la atmósfera hedía a nicotina viscosa húmeda chorreando el aire, a vapores de alcohol y algún vómito seco.
El cartel pequeño decía: PROHIBIDO INGRESAR CON ARMAS DE FUEGO. Tenía un revólver dibujado en rojo tachado.
La Satán ni lo miró.
Fue directo al fondo, buceando en las tinieblas, alejándose del sol de la tarde que ya era solo un recuerdo en la puerta del frente.
Los tres hombres jugaban al billar.
Uno de ellos la miró acercarse a Candela La satán, ella se había abierto la chaqueta, se veía su escote, y su minifalda.
-          Mira qué visita más bonita…tómate una con nosotros linda.
-          Gracias. Pero vine de trámite nomás.
Némesis  recién la vio, demoró en reconocerla.
La última vez era un marimacho tirado en el suelo, bañado en plomo, sucio de tierra. Ahora era una mujer guapa.
Los ojos eran los mismos.
Ella le dijo:
-          Hola
-          Usted que está haciendo acá. ¿Es aquella…?
-          Yo VIVO, y sigo VIVIENDO por acá.
Los hombres se tensaron, no tenían armas a la vista.
La Satán sacó el 38 especial del Oldori.
-          Lo que vine a remediar es que usted no VIVA más por acá. Guerrillo de mierda.
Le disparó tres veces en la cabeza.

A la hora volvió a verlo al Oldori.
Le dejó su arma sobre la mesa.
El negro la miró, miró su atuendo de sábado a la noche.
-          ¿Comandante, lo mató o se lo comió?
-          Cállese Oldori, torció una sonrisa - Ta muerto, pero bien muerto.
-          ¿Y cómo está usted?
-          ¿Yo? Sentí como sfff, huuu. Como uno cuando come un Halls y queda ahahah. Un Halls, que le pasa a uno como esa frescura, que hasta le hace hasta en el pelo. Fresco. Rico.


San Valentin según La Satán.


El Primer trabajo como sicario de Candela La Satán fue para un día de los enamorados.
Sus víctimas, una pareja de jóvenes, noviecitos de diecinueve años.
El chico era hijo de un político, la chica era sólo su novia.
Los días previos al trabajo estudió los movimientos de los jóvenes. Los siguió a pie, los siguió en moto, anotando mentalmente sus entradas y sus salidas, sus horarios.
La pareja se dedicaba, amparados en la impunidad del cargo del padre del muchacho, a la distribución de drogas en los colegios secundarios privados donde las mejores familias enviaban a sus hijos.
El chofer de la moto de la noche de San Valentín, un santo chimbón, según La Satán, sería el Oldori.
Bautismo de fuego como asesina por encargo.
Rito de iniciación del gigantesco y joven Oldori como chofer, respaldo y cobertura de Candela.
Las ocho de la noche, cuando ya la ciudad estaba oscura y se movían todos los jóvenes a los rumbeaderos y fiestas, fue la hora elegida.
El plan era entrar mezclada con la muchedumbre y ejecutarlos dentro de la disco.
Oldori esperaría afuera, con la moto en marcha y la automática a mano por si las cosas se ponían duras.
A dos cuadras del lugar del doble crimen, La Satán ajustaba detalles con el Oldori.
- Es una noche de fiesta, están casi todos borrachos antes de entrar, cuando veamos el auto oficial que los lleva nos acercamos, me deja y me meto con ellos. Fíjese bien Oldori: son dos guardaespaldas.
- Si Comandante, yo la cuido.
- Cuídese usted de estar para salir volando cuando escuche los tiros, la música y el gentío lo pueden distraer.
- No, le prometo que no.
A las veintiuna y veinte del día de San Valentín, el auto negro se detuvo frente al rumbeadero Mi Chic. A las veintiuna y veintiuno el Oldori encendió la motocicleta y arrancó.
La Satán se bajó unos metros antes y los vio salir del coche blindado, rodeados por sus guardaespaldas.
Se calzó su magnum 45 en el pantalón, entre sus nalgas el frío cañón le hizo cosquillas.
Miró el amontonamiento y vio a los guardaespaldas cometer el gran error de sus vidas: miraban hacia adelante y les abrían paso a los chicos en medio de la masa.
La Satán supo que no debería entrar, con los custodios de espaldas se acercó a dos metros de la pareja, sacó su arma y les disparó a la cabeza una bala a cada uno.
Todo fue muy veloz. Los cuerpos cayeron inmediatamente y todo el mundo corrió en estampida tras el estruendo, los guardaespaldas no podían ver porque quedaron en medio de una marea humana.
La Satán guardó su arma y caminó a trancos largos hasta la moto.
Subió de un salto y Oldori salió rugiendo veloz y seguro entre el tránsito.
La Satán dijo:
- Fiesta de mierda la de San Valentín.




EL CURA Y LA SATAN

A contraluz en el fondo de la iglesia rural cuelga un Cristo sobre el que caen rayos de sol arrojando una sombra sobre el altar.
La misa terminó pocos minutos antes, la gente se fue presurosa para llegar a sus casas antes de que el infierno del calor tropical los agobie.
La Satán está en un banco sentada con su ropa de combate color verde. Mira fijo hacia adelante y toca con la mano derecha su arma.
Ya no es una misión de su escuadrón paramilitar, ya no busca hacer una operación de hostigamiento y desalojo de un grupo guerrillero en un pueblo de pura selva y montaña.
Este es un trabajo que le encargó su jefe, un trabajo de sicario. Dejar muda a una mujer de un narcotraficante que tiene una relación en la que habla de más y menciona nombres.
Candela mira la iglesia y vuelve a su infancia. A su madre católica que la perseguía con el infierno si no se alejaba de sus amistades poco adecuadas. Gañines. Pequeños delincuentes sin otro crimen que haber nacido en la marginalidad.
Ella está recordando y no logra conectarse con esa mujer que quiso su madre que fuera.
Acaricia su navaja y siente ese impulso de secar la mente, de abandonar los recuerdos. Pensar en el trabajo como lo que es: un trabajo. Dinero para la bolsa, algún bienestar para sus hijos y un peso más sobre su alma católica y hereje.
Por eso mira fijo hacia la cruz rústica, por eso le palpita el corazón al ver el rostro de ese Jesús rústico con la cabeza inclinada sobre el pecho, un Jesús de amor y de clemencia, que ella siente que abandonó ciento de muertes antes de aquel momento.
Los murmullos se acallan en la iglesia.
Sólo queda el cura y una mujer con un vestido floreado que se ondea sobre las rodillas. Una mujer que habla donde no debe y debe ser silenciada.
La mujer tiene el pelo corto y lacio. Es morena, más alta que el promedio de las morenas que andan por el pueblo.
Será por los tacones de puta que usa- piensa La Satán- o por ese cuerpo largo delgado de piernas firmes y delicadas.
La Satán se arrodilla con su navaja en la mano y agacha su cabeza; con la punta dibuja una cruz en el respaldo del banco delantero:
- De acá te vas al cielo seguro. Si te mato acá te perdonan y yo me condeno un poco más. -Murmura entre dientes.
Lucha con sus convicciones. Y en la lucha las convicciones no logran detenerla en su fin: ser la mano que acabe con una vida.
Días antes cuando hablaba con el Oldori sobre este trabajo le decía:
- Que no marica. Que no, no puedo hacerlo en una iglesia.
- ¿Qué más da Candela? Una Iglesia, una casa, un descampado. Trabajo es trabajo. Si quiere yo la reemplazo. Si tiene miedo que su Dios la mire…
- No me venga con esas pendejadas. Él siempre ve. No importa dónde. Mi alma es más negra que su piel… pero en SU casa… eso es lo que me deja tiesa.
- Si está tiesa no vaya. Yo se lo arreglo. El tema es cumplir con el trabajo.
- No. Tengo que ir yo. Específicamente me pidieron a mí.
Hoy ya llegó el día. El día de hacer su trabajo en la casa de ÉL.
Alterna sus manos entre la navaja corta y la culata de su nueve milímetros.
La mujer alta y bonita se retira con el cura hacia un confesionario.
Ella se levanta y los sigue. Deja que se acomoden en la posición de confesión, ella de rodillas frente al cura joven.
Sobre el confesionario lee un cartel que dice: cura.
Ni la mujer ni el cura la vieron quedarse, ella se apoya en una columna para tapar su presencia. El silencio en la capilla es casi total, salvo por los murmullos entre la mujer de vestido floreado y el sacerdote.
Los murmullos se convierten en jadeos unos minutos después.
Candela sabe que llegó el momento, que puede moverse por la nave de la iglesia sin problemas, que sus botas cuero con suelo de goma serán muy silenciosas y que lo que ocurre en ese confesionario desviará la atención.
Cuando llega detrás de la mujer no está hablando.
Está practicándole sexo oral al párroco, con mucha intensidad y devoción.
En ese preciso momento todos sus sentidos se concentran en el uso de la navaja, en la forma de liquidar a esa pecadora.
Le entierra el cuchillo en la nuca, de abajo hacia arriba, y hace un giro corto hacia la derecha.
La mujer cae de costado y el cura se levanta con su hábito abierto y su miembro salpicado en sangre.
La Satán limpia su cuchillo corto y curvo en su propia gabardina verde, le quita la sangre mientras el cura se levanta con los ojos abiertos a punto de gritar.
- Shhhh. Padrecito. Ni una palabra. Ninguna.
- Hija, por favor. ¿Qué estás haciendo en la casa de Dios?
- Qué hace usted es la pregunta.
- Yo, yo… fui débil… me obligó.
- De rodillas padre. Vamos a rezar juntos.
- Si hija lo que digas…
El cura de rodillas junta sus manos en el frente. La imagen que ve La Satán es por momentos vulgar y por momentos celestial: un mal mensajero de la palabra de Dios.
- Oremos padre- dice mientras saca su nueve de la cartuchera- en el nombre del Padre…
Le dispara en la frente.
- En el nombre del Hijo…
Le dispara en la cara.
- Y del Espíritu Santo…
Le dispara en la cabeza nuevamente.
- Amén.
Sopla el humo, junta los casquillos servidos y sale caminando despacio de la iglesia.
Antes de atravesar la puerta mira hacia el altar, se persigna y murmura:
- Perdón. Usted no murió en la cruz para ver esto.


MUERTE Y NACIMIENTO DE CANDELA LA SATAN

"Camina seis, nueve o diez cuadras. Empuñando un arma por primera vez en su vida. El corazón le golpea en el pecho pero empuja por salir por la boca. Candela La Satán aún no es ella, pero en esas cuadras recorridas con el arma en la mano, está a punto de convertirse en ella. Ha visto pasar al hombre que le destrozó la juventud violándola a los catorce años. Preñándola. Y luego ordenando su ejecución. Ha visto al mismo demonio del que pudo escapar. No sabe que si logra librarse de él, ella quedará prisionera.
El arma le pesa.
Nunca disparó.
Nunca se enfrentó a nadie con violencia.
Lo hicieron con ella, pero ella no.
Ahora en esa cálida noche del trópico, con el bochorno de la humedad, está a tres pasos del hombre que más odia en la vida.
Se le adelanta y le apunta con el arma, temblando de furia y de miedo.
El Alacrán Gómez la mira, borracho y pasado de coca.
La Satán le grita:
-Nunca, nunca más vuelvas a acercarte a mí, hijo de puta. Ni ninguno de tus putos hombres. O te mato.
El Alacrán se ríe casi babeando.
Le susurra:
- Tanto te gustó que vienes por más?
La Satán siente que la sangre circula a una velocidad de explosión.
Tres son las explosiones que convierten a su mano en un fogonazo y a la cabeza del Alacrán en un conjunto de pedazos.
Desparramado por el suelo, sobre una cosa informe donde antes estaba su cabeza, Candela lo toca con la punta del pié.
Lo escupe y le dice:
- No, no me gustó aquello de la violación.
Pero esto sí.
¡Sput!"

                                           

MUSICA DE SICARIO.

"Candela la Satán se sube a su moto. Los sicarios trabajan mayormente en motos enduro. Coloca sus auriculares y el casco. Mira el papel donde está anotada la dirección. Se sube el cierre de la campera. Acomoda su arma en la cintura.
Enciende la moto y le da play a este tema, que es favorito de los sicarios.
Ella nunca hace un trabajo sin escuchar esta música.
La Satán cree en su Angel.”

martes, 8 de marzo de 2011

LA SATAN Y LA MUERTE. CHARLA CON EL AMORFO LOPEZ.

"Candela La Satán mira a su compadre y amigo de toda la vida, El Amorfo López.
El Amorfo había tenido algunos planteos de conciencia a la hora de matar.
La Satán lo miraba fijo, y de repente le habló, en el mismo tono que se le habla a un chico para explicarle cómo andar en bicicleta o remontar un cometa de papel.
- No te me pongas con cosas en la cabeza Amorfo, matar no es un acto diferente a muchos otros. Por ejemplo: nosotros vivimos de eso, somos como los que cazan para alimentarse. No hay bronca con la presa. Jodidos son los que van de cacería para colgar cabezas como trofeos, o cuernos. Nosotros matamos para vivir, el sicario no tiene nada contra su objetivo. Además no me vengas ahora, Amorfo, con esa cosa moral, hay gente que mata por amor. ¿Acaso no es más inconcebible? Matar por amor: eso es ridículo. Una contradicción. Pero hasta les bajan la pena por emoción violenta. Lo único malo en matar es que estamos cometiendo pecado, pero yo rezo antes de salir, y a la vuelta también. Pido perdón a Dios."


ANGELITO Y LA SATAN

“-Lo vas a ver y vas a pensar que es un angelito. Te van a dar ganas de abrazarlo o darle un sopapo para que deje de joder y vuelva a la escuela o a la casa.
Lo vas a mirar con su remerita rayada y su cara pecosa y vas a sentir que la madre te sale de adentro.
No te olvides que esa criaturita de catorce añitos ya mató más de diez personas. Que detrás de su remerita lleva una Glock y dos cargadores.
-No lo olvido. Ni pienso recordar este trabajo de mierda. "No woman, no kids" decía el franchute de la película  El Perfecto Asesino. ¿Así era?
-Yo no sé nada de cine. Dos en la cabeza, Satán.  Que lo velen cerrado en el cajón de la asistencia social.
-Ok. ¿No hay otro trabajo?
-No que vos sepas hacer tan bien. Angelito carne molida para mañana.
-Así será. No le diga angelito. No."

LA SATAN Y LA RUPTURA

“Candela La Satán está enamorada de un solo hombre. Decide no estar con él para preservar su seguridad.
-   Mi Némesis se me está acercando, no puedo volver a tu país para estar contigo, mi amor. La seguridad es lo más importante para mí.
Armando la miró y en esa mirada cabía todo el amor y comprensión del mundo.
La miró como se miraron la primera vez en ese encuentro donde sus ojos se cruzaron y sus cuerpos fueron realidades físicas para ellos.
-   No tengas miedo mi vida, yo voy a cuidarte, prefiero morir cerca de ti que pasar un día o semanas sin poder acariciarte tocarte y decirte cuánto te amo.
-  Yo soy el problema. A mí tienes que temerme. Tú y todos los cercanos. Hay una Candela que conoces y amas. Otra, que es  capaz de matar de 50 maneras diferentes. Yo soy el miedo, no tienes la capacidad de hacer que nada malo ocurra. Yo ocurro y soy muy mala…
Las venganzas y los crímenes de Candela la perseguían.
No importaba cuál fuera el motivo.
Alguien la quería muerta.
Cualquiera que estuviera cerca de ella sería un blanco. Una víctima más. Una vida menos.
La Satán había descubierto el amor. La capacidad de sentir que su vida podía formar parte del milagro de LA VIDA.
Entonces decidió pasar a la clandestinidad y esperar un momento propicio, si existiera, para estar con Armando.
Armando bajó la mirada. Su alma de contador, de hombre de números fríos, no concebía completamente la ecuación.
Podía a sus 62 años decidir morir por Candela La Satán o vivir sin ella.
Pero las decisiones siempre fueron de ella.
El poder sobre la vida y la muerte le había dado una fortaleza, en términos de edificación, para que pudieran lacerarle la piel: pero nunca tocar su alma.”


lunes, 7 de marzo de 2011

LA SATAN Y ARTE DEL CUCHILLO.


"Me entrenó en el uso de armas y técnicas de matar un gringo que se llamaba Wrong, o así le decían, él se reía y decía que su apodo era producto de un error que había cometido en una misión: mató al blanco equivocado. Se justificaba diciendo que había bebido, y que desde ese entonces entró en AA.

Conozco más de treinta formas de aniquilar un humano con un cuchillo.

Ser mujer me da la ventaja de achicar la distancia con los hombres, pero en general prefiero el corte lateral o la estocada en la nuca. Ahorra mucho desangre y casi ni se entera que se está muriendo.

Cuando Candela la Satán terminó de hablar, el hombre la miraba con las manos rodeando el vaso de cerveza que ya ni siquiera estaba caliente: hervía"