Una choza en medio de la selva.
Crepúsculo.
El perímetro de la precaria casucha está rodeado de matorrales, una cabra atada, algunos árboles bajos y varios casquillos de proyectiles que reflejan el dorado del sol que se oculta.
En una de las ventanas una mujer está fumando un cigarro armado de hoja de tabaco. Lanza el humo hacia arriba como una señal de fastidio o cansancio.
Fuera hay varios cadáveres desparramados vestidos con sus uniformes camuflados o simplemente con una remera, jeans y zapatillas rotosas. Algunos miran al cielo, otros están en poses grotescas, como si el disparo que los derribó hubiera arrancado un mecanismo de postura y dignidad.
La mujer mira a través del humo de su cigarro. Gira la cabeza hacia el interior de la choza. Hay otras cinco mujeres con ropas de combate, algunas en camiseta. Unas sentadas en el suelo de tierra, otras acostadas de lado, en posición fetal. No duermen, simplemente se acunan.
Una de las de adentro dice:
“Ya no tenemos nada para comer, ni agua, ni una misma mierda… ya pasaron dos días y el Comandante no vuelve con provisiones.”
Un escuadrón de mujeres que ocupó una posición. Mujeres que salieron de sus casas a luchar por algún ideal o por alguna paga para escapar de la más miserable miseria. Hembras, madres, amas de casa en otra época tan remota como otra vida, añoran lo que añora cualquier guerrero: la vuelta al hogar, un baño, una ducha, un poco de sueño en una cama y un abrazo de sus hijos.
Además de su fiereza en el combate, viven con sus temas femeninos. Mujeres que están en medio de una situación de chongos, pero “No meamos de parado, una desgracia pa’ la guerra”.
Ahora las atenazan el hambre y la sed.
El pueblo ya es una zona liberada, o el trabajo de dispersión de los guerrilleros ya fue hecho. Los habitantes del pueblo, compuesto por ocho chozas como ésas y algunos pequeños corrales, ya no están allí. Se fueron cuando comenzó el hostigamiento.
Candela es la líder del grupo. Está apoyada contra un catre mugriento, la cabeza echada hacia atrás, arqueada, apoyándose en un colchón de paja. Los ojos cerrados hacia el techo también de paja. “Tenemos que salir de recorrida hasta un camino” murmura. “Necesitamos provisiones, no sabemos cuánto puede demorar esto”
“Sí, Satán, ya no doy más” dice otra desde el suelo. “Mis tripas están en concierto hace dos días.”
“Vamos a ponernos en marcha al amanecer, a buscar algo, si no nos mató la bala con nuestro nombre, no nos vamos a morir de hambre”, comenta una desde el piso de tierra.
“Las balas no tiene nombre, tienen plomo”, dice la de la ventana mientras sigue fumando.
Anochece y los mosquitos y zancudos aparecen en sus oídos, brazos y piernas.
“Mierda y yo con la regla parece que los atraigo más a los putos bichos”, dice otra desde el suelo.
“Jaja. Son moscos vampiros.”
“Rosalina hace la guardia en el primer turno, después nos rotamos, al amanecer salimos a buscar”.
“Sí Candela. Duerman ustedes si pueden”.
La noche dura una eternidad y ninguna duerme absolutamente. Todas sueñan, los ojos entrecerrados, con el final de ese momento. Con el amanecer. Con un vaso de agua fresca.
El sol sale demora en trepar los morros y los árboles altos de la selva, pero ya están todas paradas, ajustando correas y cinturones. Asegurando sus armas, moviéndose hacia afuera.
“Vamos a caminar hasta el camino secundario, si no pasa ningún camión de suministros, nos asomamos a la ruta”.
“La ruta es siempre mala idea”, dice La Satán. “A los costados siempre están ELLOS, esperando para la Pesca Milagrosa”.
Caminan en fila, no alineadas, sino con un arco de apertura, el que les permite el sendero de salida del poblado. Caminan hasta que el sol está alto y quema sus cabezas cubiertas de gorritas verdes. Arde en sus hombros y espaldas. Y seca más sus bocas.
Cerca del mediodía están apostadas en los laterales del camino secundario, entre los arbustos. Esperan.
“Hay dos formas de sobrevivir- piensa La Satán- de pura suerte o sabiendo esperar”.
Una hora después sienten el ronroneo de un motor de gasoil. Un camión destartalado da saltos entre los pozos del camino, esquiva algunos, o va buscando algún lugar sin ellos.
Dos mujeres se paran frente al camión pequeño. Hacen dos disparos al aire, se suben los pañuelos del cuello para tapar sus rostros.
“Alto”. “Detenga la marcha y baje del carro”.
El conductor es un hombre sin edad, un rostro casi indígena, de pelos blancos rociados de polvo del viaje. Camisa roja desteñida, mojada en el pecho y los sobacos.
“Confiscamos la carga en nombre de las Fuerzas Paramilitares”.
“Mire Jefa, no sé ni lo que hay, llevo unas cajas escritas en un idioma raro, quizás sean comestibles o pueden ser balas, no tengo idea”
Dos mujeres están ya subidas en la parte de atrás del camión, apartan las lonas con los fusiles, el silencio del mediodía invade el momento.
Hay pilas de cajas amarradas, con sogas entre ellas. Es cierto lo que dice el hombrecito. Las cajas tienen inscripciones en lengua rara: Красный
“Oiga Satán ¿Qué vaina es esto?”
“Abra una caja Ofelia, con el cuchillo. Con cuidado, no vaya a ser cosa que volemos todas”.
La mujer en la caja del camión corta los precintos y abre las tapas de la caja. Dentro hay frascos pequeños de vidrio con tapas metálicas. Contienen una especie de puré o mermelada.
“Oiga, parece que es alguna cosa para comer, tiene un dibujo de una rodaja de pan en la etiqueta”
“Arrójeme una Ofelia”
Candela La Satán abre el pequeño frasco. Lo huele. Le mete un dedo.
“Pescado, es pescado, mierda de puré de pescado”
Se chupa el dedo. Salado y suave como pequeñas burbujas que se deshacen en su boca.
Se vuelve al chofer.
“Trae algo más. Algo para tomar. Agua. Refresco. O lo que sea…”
El chofer le indica cuatro cajas de cartón que están en el extremo de la carga. Son cuatro cajas que dicen también palabras en idioma desconocido.
La Satán grita:
“Bajen las cuatro cajas con bebidas y una caja por persona del pescado.”
Vuelven caminando con la carga, con más dudas que solución en su desesperación por comer.
Llegan a la choza a media tarde. Y comienzan a comer de los frasquitos, de ese suave y raro contenido, con sabor a mar y no.
Abren una de las cajas de la bebida llamada Pommery Brut Mellésimé.
Y así, entre el asco de comer eso raro con forma de pequeñas huevas, y beber una bebida espumosa y caliente que en seguida les duerme la cabeza y les afloja la risa, descubren el caviar ruso y el champagne francés.
El asco que les provoca es proporcional al hambre voraz que sienten.
Por la noche varias se sienten enfermas o vomitan.
No saben que han comido uno de los manjares más caros del mundo, que sin las condiciones óptimas de frío se convierte en algo asqueroso.
Seguro que era un cargamento para un narco pretencioso en la selva. Seguro que les salva de la sed y de la hambruna.
Mientras se tapan los estómagos con eso, no dejan de desear con nostalgia una bandeja paisa.

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